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lunes, 3 de septiembre de 2012

Decía N el otro día eso de... y ahora la democracia, por favor.

Se suponía que el Parlamento era ese espacio. Se suponía que ese espacio era real y estaba lleno. Nada más falso. Para que ese lugar hubiera estado, a gusto de Sócrates, suficientemente vacío, tendría que haber sido realmente algo a lo que podríamos llamar "el lugar de cualquier otro". También podríamos llamarlo "Razón" o "Libertad". Lo importante no es ponerle nombre, no. Lo importante es entender en qué consiste que el lugar de los ciudadanos -o el que debiera ser de los ciudadanos- esté vacío.  Vacío de talento, vacío de esfuerzo, vacío de razón.

Y si vacío estuviera podría ser ocupado por cualquiera, sólo en ese sentido sería en verdad el lugar de todos, a fuerza, precisamente, de no ser el lugar de nadie, a fuerza de que nadie pueda apropiarse de ese lugar y decir que es un dios, o un príncipe con más derecho a estar ahí que los demás.

Un lugar de todos y de nadie, un lugar vacío que cualquiera puede llenar con su talento, con sus ganas... sin que por eso deje de estar vacío. Se trata de una aparente paradoja que no es sólo aparente: es en realidad mucho más enigmática y profunda de lo que parece a simple vista. Tanto que toda la historia de la filosofía, al menos en una de sus columnas vertebrales, la Ilustración, ha consistido en profundizar en este enigma político.

2 comentarios:

juan dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
juan dijo...
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