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martes, 25 de junio de 2013

Malas relaciones

Dahl tenía razón: "Si la razón principal para tener partidos políticos es que éstos faciliten la democracia en el Gobierno del país, ¿acaso los partidos internamente oligárquicos no podrían servir tan bien, o quizá mejor, a ese propósito que los que son más o menos democráticos?"

Los votantes suelen preferir la unidad del partido a los debates internos. Esto sucede porque tienden a interpretar que tales debates no son muestra de democracia sino de faccionalismo oportunista y de débil capacidad política, o que constituyen señales de que algo va mal. Y como se suele castigar a los partidos divididos, los gobernantes, sus herederos políticos, y la mayoría de los militantes que los apoyan introducirán medidas de disciplina. Entonces, si se percibe que el partido está unido, aumentará el apoyo electoral. Si con el fin de fomentar la disciplina, operan listas cerradas, los partidos se mantendrán más tiempo en el poder y los primeros ministros tendrán un futuro más predecible. En consecuencia, los votantes pueden rechazar a "buenos" agentes con partidos en los que se utiliza activamente la voz, y recompensar a "malos" agentes que tengan un partido disciplinado.

Las víctimas de esta situación son los activistas críticos. Puede que sólo consigan generar incentivos para que el Gobierno sea un buen agente si su amenaza de escisión interna es creíble y tal escisión supone un grave riesgo electoral.

En resumen, la fórmula según la cual un partido facilita el control democrático de su Gobierno es probable que conduzca a su derrota electoral. O lo que es lo mismo: el que se mueva no sale en la foto.

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