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lunes, 17 de junio de 2013

Una guía para el pensamiento

Comentaba ayer con un grupo de amigos entre prados verdes (lujazo) cuánto me gusta releer, y cómo, cuando años y años después, cae de nuevo un libro ya leído entre mis manos, se me alborontan los recuerdos, qué relectura, qué placer....

Hace poco tiempo me ocurrió con un título, de pocas páginas, que se titulaba El signo de los cuatro. Golosamente encerrada en mi cuarto, pasé la tarde feliz en modo relectura, disfrutando como otros muchos con los que comparto admiración por Arthur Conan Doyle... me refiero a una de las novelas que narran las aventuras de Sherlock Holmes.

Hubo un hecho en esa lectura, además de la intriga y las personalidades del famoso detective y su colega, que hace ahora que, tantos años después, aún me acuerde de las horas que pasé atrapada por la fascinación en mí ejercieron algunos pasajes de esa historia. Al fin y al cabo no siempre es Shakespeare quien modela nuestras almas.

Aquella tarde de la que les hablo volví a leer esos párrafos en los que el héroe de Baker Street le habla a su amigo de los libros
que escribió: uno sobre la diferencia de las cenizas de las distintas clases de tabaco y otro sobre la influencia de los oficios en la forma de las manos. Cuando Watson le dice a Holmes que éste tiene un talento extraordinario para las pequeñeces, sentí, quizá de forma inconsciente, que aquello era una guía para el pensamiento.

Desde entonces amo los detalles y aborrezco las vaguedades... ah! y desconfío de los pesados.

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