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lunes, 12 de marzo de 2012

No future


Mientras la geografía se esfuma víctima de la velocidad, en nuestra civilización el hombre prescinde del futuro. Un futuro que, en tanto que horizonte constitutivo de perspectivas vitales, es una invención reciente. Durante largos siglos el pasado hecho tradición sirvió para surtir de valores la vida humana. Las costumbres proporcionaban los raíles, a menudo extremadamente rígidos y estrechos con los que la vida del hombre debía desenvolverse. En la sociedad, el mayor estatus lo alcanzaban los ancianos, que condensaban a sus espaldas una mayor porción de historia. El poeta podía proclamar recogiendo el sentir universal de sus coetáneos "cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor"


Aquella sociedad tradicional en la que la costumbre y la tradición eran las principales fuentes del derecho y la moral, resolvía sus ansias de expansión en la trascendencia religiosa. El futuro no presentaba exigencia alguna porque el hombre no aspiraba a su dominio. La vida humana era una barquichuela frágil, rodeada por el ancho mar de lo incomprendido que se pretendía dominar mediante la religión y la magia. El más allá era una dimensión mezclada con el día a día de las gentes y la necesidad de trascendencia siempre se resolvía "en vertical". La única seguridad la proporcionaba el pasado y a reforzarlo se consagraba el arte con la arquitectura a la cabeza. Los túmulos funerarios acaparan la mayor parte del legado artísitico que el pasado remoto nos ha entregado. El discurrir de la historia, lejos de concebirse como un ascenso, como un progreso hacia metas mejores, se explicaba más bien como un descenso desde una inicial época paradisiaca en la que el hombre habría vivido sin las penalidades del presente. El mito del "paraíso original" se repite en gran parte de las culturas.

Tiempos tenebrosos en almas esperanzadas.
Hoy, por el contrario, tememos al futuro.

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