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lunes, 18 de marzo de 2013

BlaBlaBla

En la tele veo a un hombre público hablando de política. Por un momento me quedo mirando y observo con detalle lo que hace: tiene el dedo índice de la mano derecha erguido en un inequívoco gesto acusador, en perfecta concordancia con lo que dice. Podría apagar la tele y continuar el discurso de este hombre sin equivocarme demasiado. No obstante, prefiero seguir escuchando y hacer el juego, eso sí, de ir unos segundos por delante, adivinando las ideas que verbalizará de inmediato. Aún sin gran esfuerzo no me cuesta acertar. En verdad es muy fácil.

Creo que desde el primer momento este hombre no quiere ayudarme a entener; lo que pretende es arrastrarme. Las palabras son para él, no esa matemática prodigiosa que la humanidad inventó para comprender lo que oculta la realidad, siempre tan espesa, sino espejitos de colores, canicas, cristales brillantes... en fin, todas esas pequeñas cosas que distraen y confunden.

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