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lunes, 25 de marzo de 2013

Como animales en guardia

Cualquiera de nosotros, abandonados en el medio de la naturaleza, seguro que acabaríamos como aquel niño de Orense, sobre el que leí siendo una cría, que apareció en el monte, con la melena por la cintura, las uñas largas y duras, igual que si fuesen de un águila, y una mirada perdida. La prensa en seguida lo bautizó con el nombre de "O neno lobo" y yo fantaseaba, presa del miedo, cómo sería, cómo se sentiría.

Le llamaban "El neno Lobo" en el Ideal Gallego, y lo hacían porque en vez de hablar, el pobre emitía unos sonidos parecidos a un aullido. Soñé que un día le vi, bajo los soportales de la plaza de María Pita, medio escondido detrás de un pilar y que crucé mi ojos con los de él y salí corriendo, de tanto miedo que tuve.

No sé  qué sería de aquel infeliz. Supongo que tardó mucho tiempo en aprender a comer, a vestirse y a hablar, pero que nunca llegó a perder aquella desconfianza esquiva que le daba un aire permanente de animal en guardia, como si aún temiese que le fuesen a arrebatar la comida o a atacar a dentelladas.

De algún modo, en alguna circunstancia.... todos nos hemos sentimos así... alguna vez.

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