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jueves, 10 de noviembre de 2011

De bibliófilos y otros frikies

"Si se me quiere seducir, no hay más que ofrecerme un libro" He encontrado esta hermosa frase cuyo autor, un ministro francés de la primera mitad del siglo XVII y conocido como Séguier, mostraba su condición de bibliófilo antes que de político. Y si, en efecto, parece que como político adoptó determinadas decisiones al habérsele regalado algún libro, como bibliófilo no se olvidaba de visitar las bibliotecas de aquellos otros aficionados en las ciudades que atravesaba al mando de las tropas reales cuando iba a sofocar revueltas, como tampoco tuvo muchos escrúpulos para robarle a un colaborador suyo más de cien manuscritos procedentes del monasterio del monte Athos. No me digan que no es una historia bastante más romántica que cualquier encuentro en gasolineras. Sobre cuál pudiese ser la causa de tan desaforada atracción hacia los libros no resulta fácil pronunciarse pero otro francés del siglo XVI, político, escritor y bibliófilo, Miche de Montaigne -al que ya he traído a esta zódiac en varias ocasiones- había apuntado algunas pistas: "Disfruto de ellos, como los avaros de los tesoros, sabiendo que podré disfrutarlos cuando me plazca; mi alma se serena y contenta con ese derecho de posesión... Es la mejor provisión que he encontrado en este viaje humano y compadezco muchísimo a los hombres de entendimiento que están privados de ella... En mi casa me refugio más a menudo en mi biblioteca... Ahí, hojeo ahora un libro, ahora otro, sin orden ni concierto, de forma deshilvanada; ya sueño, ya pongo por escrito y dicto, paseándome, éstas mis fantasías" Me considero biblófila moderada. Adoro el contenido, sí, pero también el objeto. En mis manos cada libro se convierte en un animal fabuloso encontrado en una tierra desconocida... los preliminares ponen al acecho todos mis sentidos.

5 comentarios:

Belosticalle dijo...

«…tampoco tuvo muchos escrúpulos para robarle a un colaborador suyo más de cien manuscritos procedentes del monasterio del monte Athos.»

Por aquello de que ‘el que roba a un ladrón…’

Los monjes del Athos, del Sinaí, Patmos…, también no pocos de Occidente, a veces creían hacer gran negocio con los códices por cuatro perras, y muchas más fueron víctimas de su hospitalidad, o de servilismo a ‘protectores’, como ocurrió en el Sinaí con el ‘Códice Sinaítico’ de la Biblia.

Incluso en monasterios relativamente ilustrados, el invento de la biblioteca fue un desastre para los manuscritos, que empezaron a desguazarse para material de encuadernaciones y hasta para envoltorios. El relumbrón mecánico de las ediciones impresas desvalorizó los pergaminos de biblioteca (no los de cartulario, privilegios etc.), que por otra parte solían ser pasto de ratas.

Preciosa entrada, Tasmania. Un saludo.

Tasmania dijo...

Gracias Maestro. Un honor su paso por aquesta humilde zódiac.

Belosticalle dijo...

«el invento de la biblioteca»: de la imprenta, quise decir, y usted lo ha entendido.
(Y aquí sin la disculpa de que ‘no hay vista previa’).

jano dijo...

Un relato muy interesante, Tasmania, como todos los tuyos.
A veces los tesoros están mejor en manos distintas que las de sus propietarios legítimos, que no saben/pueden apreciarlos o cuidarlos. Escritos importantes se han perdido a lo largo de la historia, en la época del pergamino, cuando este material era caro y escaso: los palimpsestos, que eran pergaminos reutilizados para nueva escritura, muchas veces muy inferior a el texto original.
En el mundo de la transmisión de información, creo, estamos retrocediendo a lo largo de la historia: las escrituras en piedra y en tablillas de arcilla han llegado a nosotros después de milenios; el papiro, las pieles de animales y el pergamino también; el papel, tal y como lo conocemos actualmente, ha sucumbido en muchas ocasiones a insectos, roedores y hongos con una duración relativamente efímera y, los soportes actuales (cinta magnetofónica, de video, disquetes de ordenador, CD-DVD, discos duros...) no llegarán ni a nuestros hijos cuando sean mayores. Una pena de sociedad con muchos Gigas de memoria,con la imposibilidad de asumir tanta información, en el cerebro de un enfermo de Alzheimer.
Saludos.

Artanis dijo...

Por desgracia, paso la mayor parte del tiempo lejos de la biblioteca que he ido reuniendo. No voy a presumir de tenerla asimilada. Hace tiempo que asumí que habré abandonado este lugar mucho antes de poder consumir todos los libros y los materiales audiovisuales que he recolectado compulsivamente. Pero me siento a gusto estando cerca de esos objetos.
Un libro llevaba a otro; no siempre de un mismo autor, temática o época, como si estuvieran umbilicados por casi imperceptibles telas de araña. Redes sinápticas hechas de pasta de papel y tinta.
Hay libros que se escogen por motivos externos. Tengo un título que suele estar en cualquier biblioteca de Literatura Española medianamente nutrida. No lo adquirí por tal motivo, sino porque contiene una delirante dedicatoria de alguien que comenzaba a perder la lucidez. Es como si tú, por estar allí y no recoger ese texto, contribuyeras a que su significado se extraviara antes de lo necesario. Es como recoger a un perro perdido.
Durante mucho tiempo, no me sentí capaz de regalar ninguno de aquellos libros. Regalaba similares, otras copias o ediciones. A veces, aparece algún motivo que te hace comprender que el acto de entregárselo a alguien concreto, es el motivo por el cuál lo adquiriste.