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jueves, 17 de noviembre de 2011

Flojera existencial

Una sociedad que sustenta de modo predominante una tendencia a disminuir toda incomodidad en el orden material y la máxima inhibición en el orden del comportamiento, no puede forjar personalidades con voluntad fuerte. Muchas personas tienen un alma muy débil y frágil, porque no están acostumbradas a soportar carencias ni tampoco a vencerse. Señalaba Aristóteles a Nicómaco que el carácter surge de los comportamientos y que por eso era importante actuar de determinada manera, pues nuestro temple sería el fruto. Adquirir uno u otro desde la juventud, aseguraba, no es de escasa importancia; muy al contrario, tiene muchísima relevancia. Algunos síntomas concretos de esa flojera existencial son: la creación de falsas necesidades, no ser agradecidos ante lo que recibimos, no dar valor a lo cotidiano, dar importancia a la pequeña incomodidad, caer en el malhumor ante la contrariedad, poseer cosas que nunca utilizamos o resistirnos a dedicar nuestro tiempo a otros, si no obtenemos algo a cambio. A mi juicio, tal blandura física y endeblez moral es el motivo del retraso con el que la sociedad española reacciona frente a las carencias, los abusos y los excesos en la presión y en los contenidos, tanto de los MMCC como de la publicidad. De la corrupción en los contenidos la más dañina de todas es la de los contenidos putrefactos. La corrupción de la superficialidad vestida de acontecimiento. La del chisme hecho noticia. La de la memez potenciada sin medida. La de la violencia física, verbal o psicológica convertida en fundamento de múltiples emisiones. La de la inducción permanente a los ejemplos sin mérito. Sí, esta mañana he puesto la tele. La he apagado pocos minutos después.

3 comentarios:

Sostrato de Cnido dijo...

Hace tiempo que se renuncio a educar a la juventud en los colegios y en las casas. Eso sumado al bienestar en el que hemos vivido, ha forjado caracteres débiles y personas con flojera existencial.

Lo que no se consigue en esto antes de los 18 es imposible lograrlo después. Demos la generación por perdida y empecemos por los pequeños de nuevo.

Un abrazo

Juante dijo...

Viene al pelo tu comentario. Esta mañana me acordaba yo de las felicitaciones navideñas de una tal Aurora Cedenilla que, cual Alicia tornada en Malicia por el infame zapaterato, vive en este país nuestro de más pesadillas que maravillas (¿se acuerdan?: aquella subdirectora general de Tráfico que se despedía en sus laicas cartas corporativas con un zapatétrico "¡chúpame un huevo!").

Pues bien; esa endeblez moral y flojera existencial de la que hablas -magistralmente glosada por la Cedenilla y sus cerdadillas- es ahora el pan nuestro de cada día. Es algo que se ve cotidianamente a nuestro alrededor. Por ejemplo, la Junta de Andalucía, contra todo requerimiento, se está dando prisa para meter (por la puerta de atrás) a todo el resto de interinos y funcionarios sin plaza que queda, ya perfectamente abducido y lobotomizado en singulares piterpanes y alicias, cuya flojera no les permite distinguir entre un navajazo por la espalda y una oportuna bipolaridad políticamente correcta, para que cada instante de sus grotescas vidas no sea más que un tributo a la mayor enseñanza de Zapatiesto: "la libertad os hará verdaderos".

Es mucho más triste de lo que parece.

Artanis dijo...

Alguien me dijo hace poco que la televisión debería estar vedada de ciertos espacios. Los dormitorios, por ejemplo. Estoy de acuerdo. Aunque, por mi parte, he pasado unos siete años en los que disfruté de no tener televisión. Sólo la usaba para visionar DVD, pero vivía en un lugar en el que opté por no establecer conexión de tv. Tan sólo la veía -en gran medida, involuntariamente- al ir de visita, entrar en alguna cafetería o visionar algún vídeo concreto en Internet.
No lo lamento. El gran invento del S. XX se ha convertido en un lamentable artefacto, herramienta de desgaste, más que de control. Desaprovechada.
Y, es cierto, Lady Tasmania, pone de mal, muy mal humor...