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lunes, 19 de diciembre de 2011

La euforia obligada



Voltaire hace decir a uno de sus personajes: “El paraíso terrenal está dondequiera que yo vaya”.  Prudentemente, sin embargo, declara: “Un día todo irá bien, ésa es nuestra esperanza. Todo va bien, ésa es nuestra ilusión”.

La satisfacción de los anhelos que el cristianismo posponía a la otra vida, el pensamiento ilustrado la pospone a más adelante en la historia.



El cambio de perspectiva, no obstante, se produce. La vida humana no es, y sobre todo no tiene por qué ser, un valle de lágrimas. El dolor y el sufrimiento pierden justificación mientras el bienestar y el placer ganan legitimidad. Con la Ilustración la humanidad queda como responsable del mal y sólo a ella toca corregirlo. La mejora de este mundo sustituye a los consuelos del más allá.

Como Kant dijera “depende de nosotros que el presente cumpla su promesa de futuro”

5 comentarios:

Louella Parsons dijo...

“Un día todo irá bien, ésa es nuestra esperanza. Todo va bien, ésa es nuestra ilusión”.

Buenísima la frase, querida Tasmania, y toda la entrada.
Ningún ser humano se libra del sufrimiento y del dolor en esta vida pero sí hay dos actitudes para encararlos: sentirse un desgraciado o no.
Decía Víctor Frankl que el que tiene un porqué para vivir encontrará el cómo.
Esperanza e ilusión. Creo que hay que vivir con ellas, sin duda.

Artanis dijo...

D. NRQ cita a Bill Chekspeare y Dña. Cartoon lo ilustra con Melanio Gibson. ¡Que punto de contacto cuasi místico! Este pasado Sábado visité a El Brujo en un teatro coruñés, monologando acerca de las mujeres del bardo. Citó a Melanio como a un pésimo actor. Recuerdo que durante el rodaje de la versión de Zeffirelli (homosexual ultracatólico) confesó que sabía interpretar fidedignamente la agonía de un ser vivo porque en su granja de ovejas (¡qué cosas añoran estos semiaustralianos!) se dedicaba a degollar criaturas y memorizar cómo la vida se evadía de sus ojos.

Consta incluso en alguna Constitución. Antes de que ese brillo se desvanezca, tenemos el derecho de perseguir esa felicidad. Y si me apuran, incluso después...

Belosticalle dijo...

Por estos vericuetos, Tasmania, yo siempre llego al vértigo de la caducidad.

La disolución del cuerpo en el baile eterno de los átomos no tiene misterio. La paradoja está en esa combinatoria de ilusiones que llamamos pensamiento o espíritu.
¿Todo eso estuvo ya ahí, alguna vez, en alguna parte, y se aniquiló? ¿Ha reaparecido aquí, en un instante de la evolución de la Tierra, para volver a aniquilarse? Eso parece...
Una admirable teología materialista se ocupó hasta del reciclaje de los cuerpos, dando por cierta la inmortalidad de los espíritus. Pero tal optimismo sigue indemostrado y, ay, indemostrable.

Por ese vértigo de lo caduco, la felicidad filosófica es siempre melancólica. (Y al paso de los años, ni le digo.)

Pasaba por aquí, y me he detenido un rato. En todo caso, y sea lo que fuere, muy Felices Pascuas.

Tasmania dijo...

Gracias querido... Y Feliz Navidad para todos

Tasmania dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.