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lunes, 29 de abril de 2013

El regreso

Se acabó el fin de semana. Un fin de semana largo, soleado, hermoso... Llega el momento de hacer las maletas y preparar la vuelta, un rito que ya empieza a ser mecánico, casi rutinario. Liberada la mente de la trepidación hispana, ese andar corriendo siempre, de lo que uno no se da cuenta hasta que pasa un fin de semana lento; el cuerpo y el alma ya están dispuestos para un nuevo asalto. Asalto, digo... batalla más bien, aunque no conviene precipitar la agresividad belicosa del lenguaje, que las guerras nunca tardan.

La primera empieza con el tráfico. Acostumbrada a pasear despacio, sin precipitaciones innecesarias, contagiada por la placidez del campo, sin llegar tarde a ningún sitio. Tampoco temprano.

Conducía hacia el despacho esta mañana con el pesar del lunes cuando tuve que escuchar los bocinazos que no tratan de avisar de ningún peligro, que son como un sustituto eficaz, sonoro, de la garganta y el enfado histérico de un conductor indignado por cualquier nimiedad. Para ver gestos desmesurados, como cosa del fin del mundo, por cualquier error insignificante del vehículo que precede. Para ver a un tipo alocado que me pasa como una bala y al que me encuentro poco después parado en un semáforo.

¿Guerra o teatro?

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