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lunes, 27 de mayo de 2013

Preocupaciones insanas


Sorprendo a un grupo de amigas hablando de un tema macabro: ¿enterramiento o incineración? Una de ellas argumenta con tal convicción plástica sobre la repulsión que le produce la idea de gusanos entrando y saliendo por los ojos, que deja dialécticamente desarmados a los partidarios del fuego. Así, hasta que otra, sobrepuesta al asco que a todos nos inspira el espectáculo de la descomposición corporal, lanza un argumento inesperado, cultural y sorprendente: que la quemen le resulta intolerable, pues no puede separar la idea de los hornos crematorios con la imagen de los campos de concentración nazis.

Lujos de fantasía, digo yo, de hombres y mujeres cultos, que siempre se preocuparon mucho de estas cosas. Erasmo ya habló con acierto de la soberbia perseverante de la gente frente a la muerte.

Me resulta curioso que tantos hombres importantes se preocupen tanto, se obsesionen incluso, por disponer de un futuro que no les debería preocupar nada, salvo causar las mínimas incomodidades a los que tienen que cargar con el muerto. Cuando a Sócrates le preguntaron cómo quería ser enterrado, dijo: "como queráis"

5 comentarios:

Olivia dijo...

En mi caso hace ya años dejé muy claro que quería que me incineraran. Pero no lo hice por soberbia, sino por claustrofobia...

Si no fuera por eso, diría lo mismo que Sócrates...

Tasmania dijo...

Estoy de acuerdo, por mí que hagan lo que les parezca.
Me alegro de saludarla, Dña. Olivia

Tasmania dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Artanis dijo...

Seccionamos los momentos para sobrellevarlos mejor. Nos repetimos la vieja máxima de Epicuro

"Nada hay terrible en la vida para quien está realmente persuadido de que tampoco se encuentra nada terrible en el no vivir. De manera que es un necio el que dice que teme la muerte, no porque haga sufrir al presentarse, sino porque hace sufrir en su espera: en efecto, lo que no inquieta cuando se presenta es absurdo que nos haga sufrir en su espera. Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos. No existe, pues, ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquéllos todavía no es, y éstos ya no son. Pero la gente huye de la muerte como del mayor de los males, y la reclama otras veces como descanso de los males de su vida."

La idea de estirar nuestra conciencia hasta el post-mortem, como si tuviéramos opción de observarnos -putrefactos o carbonizados- remite a tortuosas fantasías que alborotarían a un Edgard Allan Poe. Nuestra ofensiva estética agusanada o un sexto sentido no descubierto que nos mantuviera con un imperceptible grado de consciencia mientras el calor del horno nos destruye. Somos nosotros, proyectados en forma de miedo, mirándonos desde fuera, mostrando dos caras de la misma moneda llamada Miedo... Que haya algo, y que "ésto" siga doliendo. O que no haya nada, y ante el vacío, precisamos inventar cualquier útil Horror...

Olivia dijo...

Igualmente, Tasmania.