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lunes, 21 de mayo de 2012

Una fría tarde por Madrid

Una única cuesta que sobrevive oficialmente en Madrid es la de Moyano; una estatua de Querol nos recuerda a su padrino, Claudio Moyano. Treinta casetas de madera, con borrosos rótulos ¡Miles de libros, folletos, revistas¡ ¡Cuántas generaciones han pasado por esta permanente feria del libro del lance, desde su traslado desde la calle Jacometrezo, con motivo de las obras de la Gran Vía¡


Esos libreros tienen la mirada ausente y han hecho acopio de muchos conocimientos que aquí han encanecido en los reducidos espacios de sus casetas donde logran colocar libros y libros. La visita es doble, la subida renqueante, despaciosa, donde las más variadas portadas nos asombran. De pronto, algunas de ellas nos obligan a detenernos... un título que perdimos, aquel texto de latín que tanto nos costó estudiar (¿Tiene el Derecho Romano de la Complutense? ¿Algo de Mesonero Romanos?) La bajada es más ligera, sólo se remira, se compra lo que antes se dejó para una segunda selección; se olvida uno de los mostradores de la calle para fijarse en las casetas.

Pensamos que nuestra vida ha transcurrido subiendo y bajando, periódicamente, la cuesta de Moyano, dejando ilusiones y construyendo otras nuevas. Algunas veces, en ese itinerario que es la vida, nos encontramos el rostro enjuto de Azorín, con su gabán largo, mirada clara y algo dormida, y sentimos la querencia de la proximidad de la estación, de esa de la que hemos partido tantas veces para plasmarnos en párrafos cortos de prosa llana y con lo invisible siguiéndonos siempre, sin perdernos de vista.

2 comentarios:

Louella Parsons dijo...

Nostálgico y sensible texto, doña Tasmania.

Yo me he acordado de la cuesta de mi casa cerca de Bilbao. La calle es llana hasta el último tramo que es cuesta arriba y llega a mi casa. La calle es peatonal, creo que tendrá unos dos kilómetros. La calle me parece espectacular. Hay casas-mansiones de principios de siglo (ahora asaltadas todas por el ayuntamiento del PNV), tilos y plátanos centenarios, tiendas de toda la vida, miradores al mar….Cuando vuelvo a mi casa, siempre paseo por esta calle, de principio a fin. Y está prácticamente todo igual. Es un recorrido por la memoria porque ya era mi trayecto para ir al colegio. Suelo hacerlo con alguna amiga y recordar (aunque a veces siento mucha nostalgia) todas las anécdotas, las ilusiones y desilusiones que tuvimos en aquella calle donde transcurrió parte de nuestra vida.

(PD. Tenía que haber un toque siniestro en la calle: es el batzoki que te encuentras hacia la mitad del recorrido, pintadas de presoak kalera, anagramas de ETA….. Y también estaba la herriko taberna pero se cerró.)

Grunentahl dijo...

Espero encontrarme con usted algún día entre esas casetas que tanto he visitado, Doña Tasmania.
Me podre un clavel rojo en la solapa cuando vaya...