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jueves, 11 de octubre de 2012

Beethoven y la forma de Europa


Hay días en los que volviendo a casa me siento especialmente europeo y voy escuchando el Himno a La Alegría de Beethoven. 

Aún a riesgo de parecer pedante les diré que tengo una versión de la 9ª Sinfonía dirigida por Solti y que si algún momento se lo plantean y quieren indagar en su biografía, no les decepcionará. Entre otras circunstancias nunca grabó con otra compañía que no fuera Decca simplemente porque Decca fue quién le dio su primera oportunidad de dirigir.

Pues , como les contaba, escuchar a Beethoven dirigido por Solti refuerza mi sentimiento europeo o, al menos me hace recordar que lo soy. Pero el Viejo Continente parece ser demasiado viejo y se comporta como la caricatura de alguien bastante mayor.

Pensaba en ello esta semana al ver los movimientos en Cataluña por la independencia. Yo soy de los que creen que se debe montar un referéndum al estilo Cameron con Escocia; "Desea usted que Escocia sea territorio independiente de Gran Bretaña" y dos posibles respuestas; "Sí" o "No". Sin ninguna otra opción, porque las medias tintas en estos aspectos, como quiso hacer Ibarretxe con esas preguntas tan complicadas, no aclaran nada, sólo ensucian más el tema.

Antes del referéndum se deberían plantear ciertos aspectos como ¿qué pasa con la UE? ¿qué pasa con la moneda? ¿y los pactos de libre tránsito o de mercado de trabajo? ¿qué pasa con la deuda? ¿qué pasa con el fútbol y las competiciones deportivas? A esto último Rosell dijo que segurían jugando La Liga como el Mónaco la francesa, pero Rosell  no nombró los ejemplos de, precisamente, Iglaterra, Escocia, Gales o Irlanda del Norte, cuya estructura geográfica y deportiva es más parecida a la catalana que la de Mónaco, que sólo hay un equipo.

Una vez que todo esté aclarado y con el nuevo modelo montado y acordado, se debería explicar en qué consiste la independencia, qué implicaciones tiene según ese modelo y, entonces, hacer la consulta popular. Y la consulta popular debería tener unos baremos de participación y estos no deben ser ni bajos, ni adecuadamente altos; deberían ser masivos, porque es algo trascendental y la indolencia no debería tener parte en esta acción. Y si es "Sí", perfecto, es lo que la gente quiere. Y si es "No", igualmente perfecto.

Europa, a fin de cuentas, es el movimiento de su gente y sus alianzas. Cuando Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la Catedral de Wittenberg  los príncipes alemanes usaron la religión para sus aspiraciones políticas y de hecho hace un siglo Alemania no era lo que es hoy y hace 60 años estaba arrasada. Italia se unificó en 1861. Por no poner los ejemplos de cómo el comunismo mantuvo unida Yugoslavia, Checoslovaquia o la propia URSS; los países que eran antes de 1917 y los que son ahora. 

Quiero pensar que vivimos en una época en la que ya no se deben levantar armas por movimientos políticos y que mis ideas y sentimientos, pese a que entren en colisión con los de los demás, son tan legítimos como los del resto. Y si existe una mayoría abrumadora que quiere poner en marcha un proyecto nuevo de país, nación o estado, debe hacerse. El problema radica en dónde cuentan los votos (o no votos) de la apatía o del desinterés, algo con lo que también habrá que contar y no interpretar, pese a que sea muy tentador barrerlos para casa.

No creo en que la opinión mayoritaria sea la de unos pocos con altavoces, así como no creo que la opción más válida sea la de la minoría más numerosa.

1 comentario:

jano dijo...

Europa no está en estos momentos precisamente para entonar Himnos a la Alegría ni para sentir un espíritu de unión; más bien deberíamos entonar los europeos los Cantos de Sirenas a los que tuvo que enfrentarse Ulises y su tripulación, ante el fracaso comunitario, desde la implantación del euro como moneda única, aunque los tapones de cera en los oídos no sirvan.
La Unión Europea, no nos engañemos, no es más que un matrimonio de hecho, con separación de bienes y absolutamente rato, sin consumación; un contubernio de países con culturas que no se mezclan, solamente se emulsionan; un amalgama de mercachifles que sólo tratan de sacar el mayor beneficio en el contexto de una supranación que aún no existe porque el Norte y el Sur no se entienden, como no se entienden el norte y el sur de muchos países integrantes de la CEE.
Beethoven se habría horrorizado ante la nueva situación de Europa como se horrorizó al saber que su lider, Napoleón, se autonombró emperador, y tachó la dedicatoria al "Sire" en la partitura manuscrita de la 3ª sinfonía (Heroica). Curiosamente, el compositor da vida al himno que debería unir a todos los europeos.
La Europa actual es un mero ejemplo de matemática fractal: el todo contiene a la parte y la parte es un reflejo del todo; en un espacio finito se produce una fragmentación infinita. Cuando se trata de unión se recurre a la fragmentación geográfica y de intereses económicos,lingüísticos y políticos, con argumentos históricos-frecuentemente falsos-para ser más que el vecino y llevarse la mejor tajada. Una Unión Europea así no es creible y nuestros políticos no contribuyen a su credibilidad porque ni siquiera ellos confían en un entendimiento fluido en el lenguaje y en la economía.
Pero somos europeos por cultura y vocación y no tiramos la toalla fácilmente después de haber padecido tantísimas guerras, tanta miseria y tanto esplendor.
Un saludo cordial.