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jueves, 22 de septiembre de 2011

¿Bertrand Russell paralizado?

En un breve ensayo titulado “Hombres Eminentes que he conocido”, Bertrand Russell recuerda algunas anécdotas y encuentros con personajes destacados. Uno de ellos es el Primer Ministro británico William Gladstone...

William Gladstone (1809 - 1898). Primer Ministro
de Reino Unido desde 1892 a 1894
Russell provenía de una prominente familia aristocrática y uno de sus abuelos fue, él mismo, Primer Ministro, llegando a conocer -incluyendo a su propio antepasado y a lo largo de su muy activa vida- a siete personas que ocuparon ese cargo. Gladstone le causó tal impresión que, en el citado ensayo, afirma que el otro hombre público al que podría poner a un nivel igual en cuanto a “impresionante” sería Lenin, quién en persona, le causó un terror menos reverencial, más...pragmático, digamos.
Bertrand Russell aclara que “Mr. Gladstone era el Victorianismo corporeizado; Lenin, las fórmulas marxistas corporeizadas. Ninguno de los dos era del todo humano, pero ambos tenían el poder de una fuerza natural.
Mr. Gladstone, en la vida privada dominaba por el poder de su mirada, que era rápida y penetrante y calculada para inspirar terror. Uno sentía, como un chiquillo en presencia de un maestro de la época antigua, un constante impulso de decir “Por favor, señor, no fui yo.”
Pero si traigo estas líneas a colación se debe, en concreto, a esto que sigue, escrito por uno de los filósofos determinantes del S. XX.
“La experiencia más aterradora de mi vida está relacionada con Mr. Gladstone. Cuando yo tenía diecisiete años y era un joven sumamente tímido y torpe, él vino a casa de mi familia para pasar un fin de semana. Yo era el único “hombre” de la casa, y después de la cena, cuando las damas se retiraron quedé tête-a-tête con el ogro. Estaba demasiado petrificado para llevar a cabo mis funciones de anfitrión y él no hizo nada para ayudarme. Permanecimos sentados en silencio durante largo tiempo; por fin, con su atronadora voz de bajo, condescendió a pronunciar su primera y única frase:; “Es un buen oporto, este que me has dado, pero ¿por qué me lo sirven en una copa de clarete?”
Desde entonces, me he visto ante plebes enfurecidas, jueces encolerizados y gobiernos hostiles, pero nunca he vuelto a sentir tanto terror como en ese candente momento.”
Es Russel quién lo dice. Su pacifismo durante la Primera Gran Guerra le llevó a la cárcel (en la Segunda, su opción sería la lucha antifascista). Fue aristócrata, polemista, mediador entre Jruschov y Kennedy (por no hablar de que estaba presente en el célebre enfrentamiento -ataque, más bien- de Wittgenstein y su atizador de chimenea contra Popper Aquí, el duelo por Vargas Llosa) y tuvo una vida intelectualmente activa -discutible, como la de tantos- hasta su tranquila muerte a la provecta edad de 98 años.
Y aún así, en un ensayo inmortaliza el momento más personalmente atenazador de su vida. Una jugada social, un temor “de clase” a no estar al nivel requerido. ¿Puede una anécdota como ésta marcar así, con miedo y tensión, a un adolescente inteligente y capacitado? ¿O es una fría pose, una bromita intelectual de un cerebro racional y calculador?

3 comentarios:

Nrq dijo...

Dear Taz;

¿se da cuenta de que un buen juez (sin segundas, no voy a hablar del "Faisán") no dictamina hasta que ha oído a las partes? Guardo, pues, en cautela la descripción del viejo Russel hasta que no escuche la historia narrada por el joven Bertrand.

Hacer de episodios anécdotas y de hechos leyendas es una práctica habitual. De hecho ahora es una útil práctica de marketing llamada storytelling y en los Evangelios se denomina parábola.

Con lo cual creo que el caso no fue tan grave, tan sólo magnifica un personaje buscando disminuir otros episodios. Nice trick realizado por una gran mente

Juante dijo...

Prefiero un jerez a un oporto, no solo por razones obvias, sino porque es mejor vino el jerez. Y, por supuesto, lo diga Russell del otro o su porquero, el mayor pecado del mundo es no ser servir un vino comme il faut. El jerez en catavino fino y el oporto en catavino algo más achaparrado. Claro que, precisamente por lo mismo, no se les ocurra pedir una cerveza o un tinto si van a Jerez. Tienen la dichosa manía de servir la cerveza, en vaso de caña o tubo, ¡¡por la mitad del recipiente!!, como si se tratara de un catavino. Y el tinto, a la temperatura del Tío Pepe; o sea, a 4 grados. Tampoco pidan café con leche, que, amén de ser leche con café, siempre te lo ponen hirviendo y en vaso de caña. No pidan tampoco manzanilla, que eso es para los sevillitas aguachirlis.

Con Russell volvemos a lo del libre albedrío. Decía Schopenhauer (conmemoramos el 151 aniversario de su "despertar del sueño de la vida"):

"Se puede hacer lo que uno quiera, pero no se puede desear lo que uno quiere".

Pues eso... Sírvanse, pero en catavino.

jano dijo...

La anécdota que cuentas, Tasmania, puede ser verdadera teniendo en cuenta la personalidad timorata e insegura de Bertrand Russell que, en su adolescencia, no se suicidó porque "quería saber más matemáticas" y probablemente andaría sobrado de noradrenalina y próximo o inmerso en la fobia social, que se ceba incluso en personas muy inteligentes, que ven el mundo de manera distinta a la mayoría y experimentan la soledad y a veces el rechazo. El patito feo que era cisne.
Un saludo.