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miércoles, 21 de abril de 2010

Patricia. De lo indestructible y las palabras

Patricia remataba su comentario del otro día sobre "De las máquinas y la libertad" con una provocación y con una invitación a continuar.

Tomo el guante arrojado por mi estimada Patricia con todo interés porque, a mi juicio, el agotamiento humano, cuyos elementos de los que está compuesto son -supuestamente- indestructibles, parece inevitable.

La ley Lomonosov-Lavoisier nos dice que la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y, digo yo, ¿en qué se transforma? en producir, en pensar, en generar más conflicto?

Decía Patricia sobre este hecho:

.......Y a modo de provocación le contesto a su pregunta sucintamente: "Nos agotamos porque queremos" (yo la primera, no se crea)

Reflexionando sobre ello y sobre la plasticidad cerebral que nos enlazó Patricia, donde Punset nos revela hechos sospechados pero no contrastados hasta ahora, como que el cerebro aprende, que el ejercicio multiplica la sinapsis entre neuronas, que no se pierde lo adquirido si no que nos catapulta a la innovación... me he dejado llevar (como de costumbre) al mundo de las palabras.

Las palabras también se transforman y nunca mueren -si no las matamos nosotros mismos- y pueden llevarnos, por sí mismas, a lugares insospechados, hacernos navegar por uno u otro paraíso, por un conflicto o por una ansiedad...

Por ejemplo. Al reflexionar sobre una palabra como praxis, o pleroma, mi cabeza empieza a vagar como una abeja repleta de néctar. Puedo acabar en un esfuerzo desesperado por recordar el nombre de aquel compositor ruso, el místico, o teósofo, que había dejado inacabada su obra más importante. Aquel de quien alguien había escrito: "el mesías de la humanidad hasta la última fiesta, que se había imaginado ser Dios y todo, incluido él mismo, su propia creación... que había soñado con destruir el Universo con la fuerza de su música, murió a causa de una pústula"

Scriabin. Sí, ese era. Luego, Scriabin puede hacerme desvariar durante días.

Con sólo examinar una palabra. Ya les digo. O un cuadro, o un libro... es una idea, un pensamiento, una emoción... la que puede volverme majara.

Sólo un título, a veces, como Heart of Darkness o Under the Autumm Star... ¿Cómo empezaba ese cuento maravilloso? Y comienza la locura. Echar un vistazo, leer unas páginas, tirar el libro al suelo y recrearte en esa sensación... inimitable.....

7 comentarios:

Patricia dijo...

Querida Tasmania,

Estoy anonadada, se lo confieso! No esperaba semejante generosidad en su respuesta, cuajada de temas interesantes sobre los que reflexionar (como acostumbra), así que quiero empezar dándole las gracias más efusivas, que ‘lo primero es antes’.

“El agotamiento parece inevitable”, dice ud. No, no lo creo. No me diga eso, ud. precisamente! No mientras los seres humanos sigamos dotados de cerebro, con todo lo que esa ‘obviedad’ significa. Y menos ahora, que tenemos constancia científica de que podemos adiestrarlo! En el cerebro está nuestra capacidad creativa, absolutamente ilimitada, que nos hace capaces de lo mejor y de lo peor (elijo expresamente hablar de lo primero, que me parece más acorde con la naturaleza del blog). Capaces de crear sinfonías, de pintar ‘Las Meninas’, de escribir ‘Los Miserables’,… Por no hablar de los incontables avances científicos y técnicos. Probablemente muchos de los que nos antecedieron también estuvieron tentados en algún momento por el pensamiento cómodo del “está todo inventado” o del “qué puedo aportar yo”. Pero aun así, su naturaleza inquieta continuó manifestándose y nos trajo hasta aquí.

Esto me lleva a la tentación que muchas veces traiciona la creatividad: la pereza. Todas las obras que admiramos (e incluso las que no admiramos) no cristalizaron de la nada. La idea no se materializó por sí sola. Requiere de nuestro esfuerzo, de nuestro empeño en sacarla adelante, en construirla y hacerla real. Muchas veces nos gustaría abandonar, no vemos claro el camino, no creemos que salga bien, desconfiamos de poder aportar algo, no responde a nuestras propias expectativas (no digamos ya ajenas) o, incluso, en el caso de escribir –y hablo en primera persona-, hasta nos duele.

Por qué decía yo, entonces, que “Nos agotamos porque queremos”? Pues porque demasiadas veces nos anclamos en el NO (no puedo, no quiero, no llego, no…). Noes que nos ponemos a nosotros mismos, noes que nos limitan el pensamiento y la actividad, noes en muchas ocasiones infundados o fruto de antiguas etiquetas (ay, la infancia) que, con el paso del tiempo, hemos dado en creernos sin contrastarlas. Y qué tal si cambiamos la perspectiva? La actitud? Qué tal si nos damos un SI por adelantado? Un SI a confiar, a explorar, a creer que valemos, a intentar,… Dña. Louella Parsons lo recogía ayer en la nao con una preciosa cita de Mark Twain, que de nuevo recojo por valiosa: "Dentro de 20 años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por aquellas que sí hiciste. Así que suelta amarras. Navega lejos del puerto seguro. Atrapa los vientos alisios de tus velas. Explora. Sueña. Descubre."

Las palabras transforman. No sólo ‘se’ transforman (no imagina hasta qué punto comparto su reflexión), sino que ‘nos’ transforman. Ahora tenemos la certeza científica de que podemos cambiar la estructura molecular del cerebro con el pensamiento. Lea otra vez esta esta frase, por favor. No le parece absolutamente increíble? Esta es la secuencia: Somos (en esencia) lo que sentimos. Sentimos lo que pensamos. Podemos elegir lo que pensamos. Elijamos entonces las palabras adecuadas para expresar nuestros pensamientos, porque son ellas las que nos condicionan –sí, lo hacen- la forma en que vemos (y pensamos y sentimos) nuestro presente.

Me temo que me he excedido con la pluma, y aun así me quedan cosas en el tintero que contar. Espero poder continuar esta tarde.

Gracias por la oportunidad.

Nrq dijo...

mmmmmmmmmmmmmmh...
No sé qué decirle Patricia. Las palabras transforman durante medio segundo, acaso.

Su último párrafo está lleno de esperanza, pero lo que nos produce cambio es la interiorización del conocimiento y a eso se llega a través del conocimiento, la dedicación y el tiempo. Cuanto más sólido sea el anclaje de lo que sabemos al cerebro, más lejos llegaremos en nuestra transformación.

Ahora yo sé cómo, pero no sé qué me faltó cuando era pequeño para entender eso. No tengo hijos, pero si los tuviera me gustaría saber cómo transmitir paciencia para que entendieran los que es aprender y aprehender el conocimiento

Tasmania dijo...

Mi admirada Patricia.

En lo que yo llamo la Biblia del pesimismo -la obra maestra de Golding sobre la que tratamos hace unos días- los niños náufrago, liberados de la autoridad social pero forzados a organizar su existencia, dan rieda suelta a sus instintos soterrados, reinventan mitos, miedos y odios. Sin pretenderlo imitan a escala a sus mayores, reinventan el origen de la guerra.

Querida Patricia. El conflicto está en nosotros mismos y parecemos condenados a repetirlo.

Patricia dijo...

Queridos,

Al fin de vuelta después de casi 24h de "error funcional" y "problemas de conectividad" que me han tenido como en el desierto del Gobi. No me queda más remedio que reconocerles mi dependencia de estas dichosas máquinas, como uds. comentaban el otro día.

Querido NRQ, su comentario es complementario del mío, ciertamente. Esa es la segunda parte que les prometí ayer y que llega con retraso. Las palabras nos transforman, pero para que lo logren de verdad hay que repetirlas (repetírnoslas) como un mantra*. Es lo que en materia deportiva se llama "vocabulario de campeones". Sabrá seguramente mejor que yo que los grandes astros deportivos no se construyen tan sólo con técnica y fuerza físicas, ni tan sólo partiendo de un talento natural innato**, sino que llevan una fortísima preparación mental que pasa, entre otras cosas, por aplicar diversas técnicas de visualización del objetivo, afianzamento de la autoestima, etc. etc. Algunos deportistas de élite han divulgado estos conocimientos al término de sus carreras, más o menos extensivamente, y han compartido cómo no sólo cambió su trayectoria sino también su vida. Les pongo un pequeño ejemplo ‘nuestro’: Severiano Ballesteros .

Efectivamente, la transformación personal (término que compartimos) es un largo camino. No existen soluciones milagrosas, como tampoco dietas exprés. A ver si van a pensar que soy una vendedora de crecepelo en el MidWest americano de 1850!! Sólo se aprende con empeño (actitud + motivación + esfuerzo), con interiorización de lo aprendido y con la puesta en práctica, como hablábamos el otro día en materia de Derecho.

Resalto el concepto porque quiero decirles que (para mí) incluye también otro igualmente importante: Desaprender. He comprendido por fin, después de tiempo, análisis profundo y (por qué no decirlo) sufrimiento, que hay que soltar lastre. Cambiar actitudes. Modos de pensamiento. Costumbres. Etiquetas adquiridas (sobre uno mismo o sobre otros). Relaciones. O formas de relacionarse. Y eso pasa, también, por lo que yo llamo “hacer los deberes emocionales”.

Ud dice, con expresión propia de quien ausculta su interior más profundo para entender: “Ahora yo sé cómo, pero no sé qué me faltó cuando era pequeño para entender eso. No tengo hijos, pero si los tuviera me gustaría saber cómo transmitir paciencia para que entendieran los que es aprender y aprehender el conocimiento”. Ud. lo ha comprendido con tiempo y esfuerzo, con las experiencias vividas, pero también con las herramientas que quienes le guiaron (sus padres y/o otras personas importantes en su desarrollo personal) le dieron. Y también buscando las que le faltaban o abandonando (muchas veces con dolor) las que no sirvieron.

Yo tengo un hijo. 3 años. Y como expresa de manera insuperable Elsa Punset en su último libro, a los hijos hay que darles “raíces y alas”. Prometo ahondar en esto.

Un abrazo.


* Pedagogía de la repetición. El propio SG escribió un artículo titulado así (pero sobre muy diferente materia!)

** otro tema precioso para tratar en este blog

Patricia dijo...

Querida Tasmania,

He leído el libro de Golding, y ciertamente no transmite un mensaje muy esperanzador.

Los niños son crueles, se dice con frecuencia al hilo de las habituales perrerías del colegio. La obra de Golding lo lleva al extremo, y como ud. dice, "imitan a escala a sus mayores y reinventan el origen de la guerra". Pero antes de que eso suceda, también son absolutamente libres, se sienten invencibles, saltándose los horarios y las convenciones establecidas para comer, para vestir,...

Los niños tienen también una forma 'limpia' de ver la vida. Hasta que los vamos condicionando socialmente mediante el aprendizaje, ellos viven, sienten y experimentan de manera completamente nueva y desconocida para nosotros (que en su momento, también tuvimos, pero hace mucho que olvidamos). Y lo aplican en todos los campos.

Desconozco si tiene ud. hijos. Yo, como he comentado antes, tengo uno. Y aunque estoy muuuy lejos de ser la "madre-ideal-de-anuncio" que nuestra sociedad moderna de primer mundo vende, créame si le digo sin ningún tipo de artificio que me asombro cuando veo al mío jugar con una simple espátula de la cocina, o intentar destripar cualquier mecanismo, o (como esta misma mañana) alinear sus animales en dos filas enfrentadas diciéndome “estos son los buenos y estos son los malos”.

"El conflicto está dentro de nosotros". Sí. Pero el amor también. Elijo quedarme con lo segundo, y enseñar a escogerlo también por la parte que me toca.


Fuerte abrazo.

Patricia dijo...

Reflexionando tras el debate de la comida (gracias, caro) me doy cuenta de lo difícil que es mantener el equilibrio cuando se habla de estos temas, siendo muy necesario encontrar la proporción justa entre la enseñanza extraída de las experiencias propias (sin que parezca un ppt de éstos con fotos maravillosas de naturaleza) y sin caer por otro lado en el relato pormenorizado de las mismas para evitar que esto se convierta en el consultorio de Elena Francis.

Es este empeño el que me lleva a escribir lo que escribo y en la manera en que lo escribo.

Quizá no lo consiga (el equilibrio, digo).

Pero todo llega cuando uno por fin puede escuchar, no antes ni después. Y a mí me ha llevado la mayor parte de mis treintaytantos largos entender lo que estos días les escribo.

Quizá por eso, por la novedad del descubrimiento, tengo la necesidad de compartirlo.

Úrsula Iguarán dijo...

SOBRE EL AÑO CERO DE MI NUEVA VIDA

Dice Elsa Punset en “Inocencia radical” que el cerebro es un viajero del tiempo. Tan pronto mira al pasado como se instala en el presente o se proyecta hacia el futuro. Viene a cuento la cita porque ando empeñada en jugar con el tiempo con el único objetivo de que no juegue él conmigo y para eso, la referida facultad del cerebro es cuestión fundamental. Me explico. Tras mi último cumpleaños y visto que ya no me queda por vivir más de lo vivido (reflexión patética pero realista) he hecho balance.
DEL NACIMIENTO.-
Con el nacimiento, que dificultad no le faltó, entré en el mundo en blanco. Caminé por él con el instinto del descubridor hasta que el crudo realismo de mis mayores se impuso y aprendí a hablar con sus palabras y a pensar con sus pensamientos. Ser yo misma me costó no pocas lágrimas y años de sudor emocional incomprendido. Pero la dificultad no estuvo en alumbrar el “yo”. El mayor escoyo pasó por construirlo, una vez alumbrado, a mi imagen y semejanza. Un ejercicio de sufrimiento y soledad que ha sido un verdadero palizón. Agotada estoy en cuerpo y alma.
NO TIRAR LA TOALLA.-
Todo lo anterior tiene que ver con mi firme resolución de no tirar la toalla. De mirar hacia delante con ilusión, sin necesidad de que nadie me la transmita. Independientemente de que las circunstancias acompañen o no. He decidido volver a nacer. ¡Este es mi particular viaje en el tiempo!. De esa forma, puedo utilizar todo lo aprendido con el mismo tipo de energía que tenía cuando empecé en esta vida. Una energía vigorosa e ilusionada. Capaz de construir, avanzar y sorprenderme con optimismo y alegría.
¡AHORA O NUNCA!.-
Este año cero de mi nueva vida es un espacio interior sin límites de ninguna clase. Orientado a vivir intensamente el momento, con lo que toque. Siendo plenamente consciente de que no lo puedo todo y de que mi visión de las cosas, es sólo mía. Cierto es que tengo un empeño: “ponerme a la tarea de sacar adelante todas aquellas cosas que me enamoran y que no he tenido tiempo de hacer hasta aquí”. O bien porque tenía otras obligaciones o porque no era el momento. ¡Vaya a ser que el final llegue antes de lo esperado y me quede con las ganas!. Sí, ¡vivir es un asunto urgente! .