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sábado, 18 de junio de 2011

Máscaras, caretas, conchas y otros disfraces


Dexter Morgan:

"Amo Halloween. La única época del año en que todos usan máscaras, no sólo yo. La gente cree que es divertido fingir ser un monstruo. Yo paso mi vida fingiendo que no lo soy. Hermano, amigo, novio: todos son parte de mi colección de disfraces. Algunos podrán decir que soy un fraude. Yo prefiero pensar que soy un maestro del disfraz"







Y yo escudriño detenidamente su máscara rígida, estiradita, solemne, buscando una pequeña grieta por donde sorprenderle alguna sonrisa interior. ¿Se ríe? Sí, sí...lo estoy viendo. ¡Nada de eso!, es pura realización ilusoria de los deseos; si decidiera quitarse su careta tendría que despellejarse vivo, ya que se le ha fundido con la piel.

En ese juego de máscaras que cubren lo que verdaderamente somos me pongo a jugar a las casitas. Yo desempeño todas las funciones de ama de casa. Educo a mis muñecos, los visto, los cuido, los quiero... Voy al mercado y discuto los precios de mis compras. En la cocina se me quema la comida, mientras me lamento con mis hermanas de la rapidez con que pasa el tiempo sin llegar a haber hecho nada. Pues sí, pues no... llegamos a un punto en nuestras acaloradas discusiones en que, si llevamos el juego a sus últimas consecuencias, tenemos que agarrarnos de los pelos. No sabemos si va en broma o en serio. Entonces rompemos con una explosión de risa, así cobramos conciencia de que no estamos en serio, de que no es para tanto.

Vale, ya no juego más. Pero él se mantiene rigurosamente serio y no cede. Tengo que retener la risa para que no se enfade, que lo toma por la tremenda. No se le escapa ningún detalle gracioso que trascienda el papel. Yo, a veces meto la pata con una sonrisa nerviosa que no me puedo aguantar.

Que nadie se ría, dice amenazante, que entran dudas.

Quien hiere primero hiere dos veces. En primer lugar, hieres a quien engañas con tus máscaras para luego abandonarlo cuando tu simpleza y tu vulnerabilidad asoman y, en segundo lugar, a ti mismo, porque has herido a quien no lo merecía.

Caminas un sendero muchas veces transitado. Parece un círculo cerrado ¡pero no lo es!

¿Estamos listos para dejar caer las máscaras?

2 comentarios:

The Toxic Avenger dijo...

Hace días en otro enredo de Ms Tasmania, decía yo hablando de "convencionalismos": Existen maestros del disfraz pero tampoco se puede uno sustraer completamente puesto que en alguna medida, siempre somos prisioneros de ellos.

Pues bien, horrible redacción, intentaba decir que, en ocasiones, somos prisioneros de los convencionalismos y no de los maestros del disfraz.

Divertidos, prácticos -también cómodos por qué no- e incluso imprescindibles. Las normas sociales y de cortesía nos obligan, a veces, a enfundarnos una máscara bajo el riesgo de convertirnos en reaccionarios o inadaptados en caso de rechazarlos. 

Para poder permitirse ese lujo hay que ser o un descerebrado o tener mucho talento. 

Artanis dijo...

Pongo la venda de disculparme por la redacción, antes de la herida, ya que estoy con un móvil y en un entorno no muy cómodo.
Reconozco mi admiración por esas personas que parece que ni tienen ni necesitan máscaras. "Naturals", gente tal cual. Auténticos. Han tamizado y aprovechado sus vivencias, incorporándolas a una personalidad que no parece heredada. Recuerdo que una de las mitades de esta zodiac -la que mejores piernas tiene, al menos mientras D. NRQ no se meta en un plan de tonificación intensivo- se burló de mi simpleza en una cena argosiana, cuando aduje que los internautas éramos divisibles (grosso modo) entre los que nuestro nick hacía referencia a un célebre personaje real y ajeno a nosotros (yo mismo) y los que creaban uno propio o bien, ya en la cumbre, los que escapaban del anonimato. No repetiré el insulto que recibí públicamente y del que quizá sea merecedor; y reconozco que yo mismo dudo de mi afirmación de antaño, aunque tampoco abjure radicalmente de ella. Pero, los raros y los descerebrados (líbreme Dios de creerme con talento alguno enunciable en esta santa lancha) tenemos rasgos indudablemente exhibicionistas.
Y, a veces, el público incluso los disfruta.