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jueves, 6 de enero de 2011

Arena y Marta

Sin ganadores, como sin armas, puede haber guerra. Sin perdedores no.

Llevaba un rato allí, estudiando la foto y mirando a Marta, ahora foto ahora Marta. El soldado en el muelle y Marta, la mujer con el pañuelo de despedida y Marta, el hombre de traje y gafas y Marta, el quinto con el paño caído en lo alto del barco y Marta.

-Entonces, ¿qué pasó señora? ¿se encuentra bien? -escuché a mis espaldas- Era la mujer de las castañas. Yo tenía los ojos hinchados y la cara arrasada en lágrimas. -Tome unas pocas- dijo, -que luego, frías, no hay quien las quiera- Me regaló una docena de castañas envueltas en papel. Yo le dí un beso y señalé en la foto:

-Es mi hija Marta. Me va a traer arena del desierto.

4 comentarios:

Louella Parsons dijo...

Permíteme querida Tasmania que traiga a esta charla de hoy sobre despedidas y adioses, esta poesía de Rilke:

Lo sublime es una separación.
Algo de nosotros mismos, que en lugar
de seguirnos, se separa
y se habitúa a los cielos.

El hallazgo supremo del arte,
¿no es acaso el más dulce adiós?
Y la múisca; ¡esa última mirada
que nos lanzamos a nosotros mismos!

Louella Parsons dijo...

Y, por supuesto, lo que nos libera de la angustia de la separación es la esperanza del reencuentro.

Tasmania dijo...

Qué razón tiene Ms. Parsons, la despedida quema como el infierno pero el reencuentro es dulce como el cielo.

Artanis dijo...

Amén.