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sábado, 30 de abril de 2011

París, París

Hace días Ms Tasmania colgaba un post en el que hacía alusión tangencialmente a Gustave Flaubert. Inmediatamente su lectura me trasladó 25 años atrás, cuando lo descubrí junto a Zola, Viam y algún otro.
Llegaba a París tras una bretona que había conocido durante el verano en Lisboa y con la curiosidad de saber qué impronta habría dejado años antes el Mayo del 68, era pues la “rentrée”; con pocos años, una maleta y la promesa firme a mis padres de complementar mis estudios de francés. Aterricé en el país de "La Liberté", de Miterrand, y en una ciudad ya orgullosa de la maravilla que suponía el Beaubourg, inaugurado seis o siete años atrás...Y en una capital que destilaba cierta aversión a los españoles.
Vivía en una buhardilla -bastante inmunda pero céntrica- con el aseo en el corredor. Me alimentaba de “baguettes” y de vez en cuando de algún “croissant” con mantequilla. Esos días eran un auténtico festín. Mis muebles los recogía por la noche, aprovechando aquello que los gabachos desechaban de sus cuevas. Alguna de esas sillas, veladores o estanterías quisiera hoy en el salón de mi casa -ellos ya vivían de otro modo- Las peleterías dejaban enormes bolsas de recortes, los cuales aprovechaba para fabricar pequeños artículos que vendía en los diversos rastros que abundaban en la ciudad. Con el botín obtenido me avituallaba, tomaba el metro y de vez en cuando me bebía una cerveza en algún “bistrot" puntero de Les Halles.
La francesa voló, como habrán supuesto, pero para entonces la ciudad ya me había inoculado su veneno.
Fue una época muy excitante de mi vida.
Total, que trepaba yo por estos pensamientos -la cosa prometía- cuando de súbito aterricé con el culo en el suelo, y me vi envuelto en una nube espesa y pegajosa de nostalgia.
¿Dónde está aquella energía? ¿Dónde el valor? ¿Y la osadía?
El día que me levanto y no me molesta un hombro (reuma), una rodilla (sobrecarga), la cabeza (estrés) o el estómago (algún exceso) ya parece que no amanecerá.
No cambiaría mis vivencias de antaño por un sólo minuto de este “ahora” inmediato en el que estamos, pero ya saben como es la nostalgia…
Creo que voy a encajarme un Gin tónic, o dos. ¿Es muy temprano?
Publicado por: The Toxic Avenger

17 comentarios:

Olivia dijo...

¿Temprano? ¡Para nada!

(Mire lo bien que le fue a la Reina Madre, que en paz descanse.)

The Toxic Avenger dijo...

Cierto Ms Olivia, a falta de tecla de "power" hay tres formas infalibles de resetearse: una buena ducha, una siesta o un buen "copazo".

Gracias Ms Tasmania y Mr N por cederme su ventana.

María Luisa dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Artanis dijo...

Nunca es lo bastante temprano y no hay que esperar hasta que sea demasiado tarde.
Una grata sorpresa. Una experiencia envidiable.
¡Encore!

Tasmania dijo...

Vaya, menudo abordaje Mr. Avenger...aún huele a ginebra en la zódiac....

Así que fue gracias a una francesa como París le envenenó ¿eh? Hay ciudades que son regalos...otras tormentos pero nada como dejarse llevar por el frío, la luz, las callejas o el aroma de las ciudades que guardan en sus muros las voces de la historia de miles y miles de vidas.

Louella Parsons dijo...

The Toxic…

Me ha encantado su escrito y me ha dejado asombrada su capacidad para sobrevivir.

Y hablando de recuerdos, me ha venido a la memoria una escena de Lo que el viento se llevó en la que Ashley, después de la guerra, cuando todo está devastado y Tara y Los Doce Robles en ruinas, se pone melancólico recordando los tibios y serenos atardeceres y la cálida y dorada seguridad de aquellos días…. y Escarlata, mucho más práctica y fuerte que él, le dice no mires atrás, no mires atrás, te romperá el corazón.

A veces la melancolía es dulce otras, sin embargo, ataca con alevosía y es en estos casos cuando hay que echar mano del gin tonic. Mano de santo.

Olivia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Olivia dijo...

Londres es la ciudad de mi vida y de todas las vidas que me fueran dadas. Pero París forma parte de mi educación sentimental, también.
Muy bien traido lo de la melancolía, Louella. Algo que nos podemos permitir sólo cuando somos muy jóvenes.

Con permiso, este poema, leído con emoción cuando aún no añoraba nada.

PARÍS, POSTAL DEL CIELO

Ahora, voy a contaros
cómo también yo estuve en París, y fui dichoso.

Era en los buenos años de mi juventud,
los años de abundancia
del corazón, cuando dejar atrás padres y patria
es sentirse más libre para siempre, y fue
en verano, aquel verano
de la huelga y las primeras canciones de Brassens,
y de la hermosa historia
de casi amor.

Aún vive en mi memoria aquella noche,
recién llegado. Todavía contemplo,
bajo el Pont Saint Michel, de la mano, en silencio,
la gran luna de agosto suspensa entre las torres
de Notre-Dame, y azul
de un imposible el río tantas veces soñado
-It’s too romantic, como tú me dijiste
al retirar los labios.

¿En qué sitio perdido
de tu país, en qué rincón de Norteamérica
y en el cuarto de quién, a las horas más feas,
cuando sueñes morir no te importa en qué brazos,
te llegará, lo mismo
que ahora a mí me llega, ese calor de gentes
y la luz de aquel cielo rumoroso
tranquilo, sobre el Sena?

Como sueño vivido hace ya mucho tiempo,
como aquella canción
de entonces, así vuelve al corazón,
en un instante, en una intensidad, la historia
de nuestro amor,
confundiendo los días y sus noches,
los momentos felices,
los reproches

y aquel viaje -camino de la cama-
en un vagón del Metro Étoile-Nation.

Jaime Gil de Biedma. Las personas del verbo

Louella Parsons dijo...

Magnífico poema, doña Olivia, gracias.

Y siguiendo con París, recuerdo los viajes que hacía a Alemania para visitar a mi hermana, yo tenía unos veinte años y vivía una de esas épocas de abrumadora libertad y me iba emocionada por la tarde en autobús de Bilbao a Hendaya donde cogía el tren nocturno a París, todavía recuerdo cómo desde mi litera oía entre sueños al revisor anunciar las estaciones ”Dax, Dax, deux minutes d´arrêt” y llegaba a las siete de la mañana a la Gare d`Austerlitz, desayunaba un café con leche y un croissant calentito y después, me subía en el Metro dirección Gare du Nord donde debía coger otro tren rumbo a Saarbrücken pero como siempre me sobraban una horas me bajaba en otras estaciones para darme una vuelta por Les Halles o hacer una visita a Notre Dame y disfrutar de esos paseos solitarios bajo el cielo de París teñido con los colores rosáceos del amanecer.

jano dijo...

¡Qué susto Tasmania! cuando leí su publicación de hoy: Creí por un momento que era usted un hombre... Y yo tratándola hasta ahora como la dama que es y tanto aprecio.
Desfecho el equívoco, sólo quiero felicitar a D. Toxic por su entrada, valiente, sincera, divertida y nostálgica, que bien merece un gin tónic.
Pour les temps jadis

Olivia dijo...

Suena a felicidad pura, querida Louella, y que bien lo ha contado. A veces pienso que esos momentos de soledad, haciendo tiempo, no tienen precio.

Y lo dejo, que no tengo ginebra en casa y va a cerrar el supercor.

Tasmania dijo...

Bueno Jano, deshecho el equívoco....¿hace un gin tónic?

No sabe usted lo bien que los preparo y aunque Mr. Avenger es más tempranero, ésta es buena hora para un copazo.

Y no se preocupe, de niña me subía a los árboles y era la mejor jugando al balón prisionero...aunque también me gustaba saltar al avión y hacer comiditas en el jardín de San Carlos.

Mr. Avenger, ya veo que, entre otras cosas, también nos une el gusto por la ginebra...muy tóxica, desde luego.

jano dijo...

¡Hace, Tasmania! aunque sea de garrafón, el caso es compartir.
Yo, a los 9 años, tuve una fractura de Puteau-Colles (el puto colles, que decíamos en la fácul)en la muñeca derecha por subirme a mí árbol, en casa de mi abuela; me pasé todo el verano con una puta escayola en el antebrazo, bañándome con el brazo en actitud de saludo comunista cuando iba a la playa, para no mojar la "mortaja".
Después, ya adulto y viviendo solo, con escasez de medios, aprendí a hacer comiditas para sobrevivir,y hoy hago unes fabes con almejes, unas patatas rellenas y algunas cosas más, de rechupete.
Chin chin con el gin.

Artanis dijo...

Yo soy un herido por la nostalgia. Es terrible. Es un gen que deberíamos ser capaces de extirpar. Quién carece de él, es un ser superior. Dioses o extraterrestres, probablemente. Pero permítanme decirles que hay otro escalón superior, más dañino aún. Patológico. ¡No, no me hablen de morriñas, saudades y derivaciones tales...! No tiene que ver con mitos galáicos. Hay gente que tiene la la nostalgia como tal patología que la sienten incluso por cosas, momentos, lugares que no han tenido o vivido. Es como sentirse herido en un cuerpo astral, en una vida alternativa, en una ficción, en lo que pudo ser y no fue. Es terrible. Como alguien me dijo hace poco, "¿y una lobotomía no ayudaría?"

jano dijo...

D. Artanis:
Las lobotomías han pasado a la historia por ser más dañinas que curativas.
Sólo los nazis añorarían tales aberraciones médicas.

Louella Parsons dijo...

No quiera vivir sin nostalgia, querido Artanis, sería banalizar lo vivido.

Nrq dijo...

Gracias a usted, Mr Avenger.

Bretona en París? Hard deal. Los bretones odian a los parisinos y, cuando llegan a París, tienen un momento crecido regular, vamos, que se vienen arriba. Pero sólo puedo envidiarle. La excusa más poderosa paa ir a París Y quedarse un tiempo