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miércoles, 10 de noviembre de 2010

MEDICINA Y ESTADO: una entrevista al Dr. Thomas Szasz publicada en "El Humanista"

III

K: Muchas personas saben muy poco de medicina. Pueden acudir a un hombre que pretenda saber lo que está haciendo, aunque no sea así.

S: Es cierto. Pero estoy hablando ahora de una perspectiva que no podría articularse de la noche a la mañana. Para hacerla significativa, práctica, tendríamos que realizar los cambios paralelos en educación, en el interés de las personas y en el conocimiento de sus propios cuerpos, de los medicamentos y así sucesivamente.

K: ¿Por qué piensa vd. que las personas no saben más de lo que saben de medicina?

S: Hay muchas razones. Una es porque no se les enseña nada sobre ello. Ya lo sabe. A la mayoría de las profesiones les atrae la mistificación. Los profesionales tratan de mantener al público en las tinieblas a pesar de todas sus declaraciones de querer popularizar el conocimiento médico. He pensado siempre que los niños de doce y trece años podrían ser instruidos más profundamente sobre cómo funciona el cuerpo, sobre cómo funciona realmente; no es más difícil enseñar o aprender esto que enseñar o aprender álgebra o gramática francesa.

K: ¿Enseñaría vd. medicina en el bachillerato?

S: Ciertamente. No como quitar un apéndice, pero sí cómo funciona el cuerpo, qué hacen los médicos... los principios y hechos básicos de la fisiología y la farmacología, las principales enfermedades que afectan al hombre y sus tratamientos. Una verdadera información -la que se encuentra en los manuales médicos- y no las mentiras que se les cuentan ahora en nombre de la educación sexual, educación sobre drogas, educación higiénica. Sin embargo, nada de ello es posible mientras la educación sea un monopolio estatal. [...] Porque el médico es un sacerdote que solo enseña su religión, y solo a unos pocos elegidos. Como sacerdote protegido por el Estado, el médico se convierte en receptor de todo tipo de secretos. Recuerde el uso del latín y la jerga diagnóstica para mantener a los pacientes en la ignorancia de lo que padecen. Incluso hoy, los médicos vacilan seriamente a la hora de determinar cuando debiera decirse o no a los pacientes que tienen cáncer. Todo el asunto es realmente bastante absurdo cuando uno se recuesta y lo mira como haría un antropólogo con otra cultura. La magia solía utilizarse como medicina. Ahora es la medicina la que se utiliza como magia.

K: Pero ¿es todo culpa de los médicos?

S: [...] Se necesitan dos para bailar. Freud estaba bastante en lo cierto cuando destacaba que una de las mayores pasiones de los hombres es la pasión de no saber -reprimir, mistificar- lo obvio. Así, hay una especie de conspiración entre personas que no desean saber y que quieren permanecer estúpidas y entre expertos que les mentirían y harán una profesión de idiotizarlos. Los sacerdotes solían hacerlo mucho. Hoy, lo hacen los médicos. Y, sobre todo, los políticos están ahí para asegurarse de que las gentes oyen todas las mentiras que quieren oír.

K: [...] ¿Cuál es su posición sobre las llamadas drogas peligrosas? ¿Acaso no deberían existir controles?

S: Ningún control para los adultos. No entiendo cómo puede alguien tomar en serio la idea de la auto-determinación y la responsabilidad personal sin insistir en su derecho a tomar cualquier cosa que desee. [...] Obviamente, esto no significa que sea bueno tomar ciertas drogas. Puede, con toda seguridad, ser contraproducente. Pero si una persona ha de ser libre, debe tener el derecho a envenenarse y matarse. Y, efectivamente, lo tiene ahora con el tabaco, pero no con la marihuana; lo tiene con el alcohol, pero no con la heroína. [ John Stuart] Mill nos enseñó todo esto. [...]

K: ¿Por qué no podemos alcanzar un equilibrio entre libertad personal y protección estatal?

S: Podemos en algunas áreas, pero no en otras. Por ejemplo, podemos tener protección estatal con respecto a los verdaderos asuntos de salud pública, como el alcantarillado o la purificación del agua. Pero no podemos ir más allá y esperar que el Estado nos suministre una especie de salud pública metafórica, poniendo por ejemplo, cosas en el agua o en el pan que sean consideradas buenas para nosotros. Hay cosas que el Estado no puede hacer y no debería intentar hacer. Me refiero al principio libertario de que el Estado no debería hacer lo que las personas pueden hacer por sí mismas. El Estado no puede proteger a las personas más allá de un cierto punto muy mínimo, sin negarles su libertad de elección. [...] Estoy buscando al protección a través del auto-control. Hoy, las gentes compran sin receta lejía y todo tipo de fluídos limpiadores muy peligrosos, y saben bastante bien cómo protegerse de estas cosas. Realmente, lo saben sorprendentemente bien. Dónde hay una voluntad hay un camino. Pero dónde no hay una voluntad... Pues bien, entonces, dejaría que el individuo padeciese las consecuencias antes que castigar a toda la sociedad prohibiendo la sustancia de la que “abusa” uno.

4 comentarios:

Juante dijo...

Es bien sabido que se enseña (en las escuelas) lo que no sirve para nada.

Conocimientos médicos, gastronómicos, económicos, legislativos, musicales, audiovisuales, comunicológicos, políticos y sobre las diferentes conductas y escalas de valores de ambos sexos, debieran estudiarse en la Primaria y la Secundaria. Pero, efectivamente, nada de eso interesa, porque podríamos crear así futuras generaciones de ciudadanos "libres". Y siempre es mejor tener una bolsa de ignorantes con título, para controlar el cotarro.

Tasmania dijo...

La educación como herramienta de sumisión y control... cierto Juante y cuánto tiempo nos lleva liberarnos de semejante condena... toda una vida.

jano dijo...

La medicina es una ciencia inexacta que evoluciona a base de ensayo y error, que como toda actividad humana tiene una jerga (albañiles, carpinteros, mineros...Tienen también su jerga) y también una estrategia: la prevención. Prevenir es mejor que tener que curar y por ello una buena educación en hábitos higiénicos es fundamental, y también más barato. El paternalismo en medicina cada vez es más escaso, día a día el enfermo es más protagonista de su patología porque la sociedad, y también los médicos, ha cambiado en su información, cultura y amplitud de miras. Hoy día un médico puede explicar a su paciente la estrategia a seguir para curar su mal, y no limitarse simplemente a decir lo que se debe hacer, porque la mayoría de los pacientes lo entenderán.
Pero, ojo, que estamos tratando con personas, que tienen vida y proyectos, y que pueden tener patologías graves e irresolubles por el estado de conocimiento actual: La sinceridad puede ser tan letal como la más cruel de las mentiras, y aquí el médico debe comunicar su diagnóstico y pronóstico( de probabilidad) con el máximo tacto y humanidad, buscando la colaboración de su paciente sin crear falsas esperanzas, sin mentiras piadosas pero con esperanza y una gran empatía.
En el otro platillo de la balanza está la sociedad y el propio enfermo, con sus prejuicios y, muchas veces falsos temores, que dificultan la terapia y estigmatizan la enfermedad, que crean culpabilidades, fenómeno tan viejo como la humanidad al que contribuyen a veces los propios médicos y los poderes públicos, asociando ciertas/muchas patologías a hábitos de vida insanos o perversos. Recordemos la época de inicio del SIDA, llamada la enfermedad de las tres haches (homosexuales, haitianos y herioinómanos)y cómo el enfermo trataba de justificar su contagio negando las vías vergonzantes.
La enfermedad y su ámbito social ha dado mucho de sí en la literatura de todos los tiempos, y en la concepción de la misma como castigo y como motivo de castigo y exclusión social (epilepsia, lepra, peste...), incluso con la pena de muerte en la hoguera o la condenación al confinamiento. Los gobiernos la ven como un problema económico y no siempre toman las medidas oportunas para atajarla en su raíz: La campaña antitabaco consiste en prohibir y encarecer el tabaco, pero no se ponen todos los medios para ayudar a las personas que quieren dejar de fumar, mientras el Estado monopoliza la venta de labores; el movimiento feminista ha fomentado el consumo de tabaco, como signo de liberación de la mujer, y ahora hay más mujeres fumadoras que hombres y el cancer de pulmón está aumentando en la población femenina, hasta el punto de rozar la incidencia del cancer de mama.
La enfermedad demonizada por el médico, el paciente, la sociedad y el Estado; el avance en los métodos diagnósticos (decía Aldous Huxley que con el gran avance de la medicina ya no quedan personas sanas)hace que el abuso de los laboratorios farmaceúticos se materialice en publicidad tendente a explotar el afán consumista de la gente, inventando patologías o magnificando procesos banales para vender "medicamentos", especialmente aquellos que han sido excluidos de la cobertura de la sanidad pública.
Como ven, el tema es amplio y complejo y yo les recomiendo dos libros: LA ENFERMEDAD Y SUS METÁFORAS-EL SIDA Y SUS METÁFORAS (Susan Sontag, premio Príncipe de Asturias de Las Letras 2003) y LITERATURA Y ENFERMEDAD (Felipe Mellizo). Hay muchos más.
Un saludo.

Artanis dijo...

Cierto, D. Jano...el texto de Mellizo... una joyita para amantes de la Literatura, que busquen ángulos inesperados... aún lo encuentro a veces en mis queridas tiendas de segunda mano.

Ángulos muertos, sonaría raro...