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sábado, 13 de noviembre de 2010

padua

Si van a Florencia y caminan por el exterior de Dei Uffizi verán una colección de esculturas representando a los distintos artistas que hicieron grande Italia. Una de esas esculturas representa a un adusto hombre vestido con una capa y al que una capucha tapa la cabeza. Serio, en sus sesenta bien curtidos, distante, como si si mirada no estuviera en los próximos veinte metros. De ropa sencilla, casi como la imagen que tenemos de los obreros de las catedrales que trasladaban y colocaban sillares, se queda de pie sobre una inscripción que muestra un nombre que bien podría ser una marca: Giotto.

Nacido al despuntar el último tercio del siglo XIII, era un niño alegre al que todo su entorno apreciaba. Según narra Vasari (gran ensayista, pequeño pintor) en su "vidas de artistas", Cimabue le tomó como aprendiz y de esa época cuenta que un día un emisario del Papa fue a verle para que le mostrara sus habilidades pictóricas. Giotto cogió papel, un pincel y dibujo un círculo tan perfecto que parecía haber sido realizado con compás. Leyenda o no, Giotto le dio el círculo al emisario para que le mostrara al Papa de lo que él era capaz.

Giotto, al igual que Mantegna, es el pintor que cautiva desde la primera vez que lo ves y ambos eclipsan cualquier otro fresco que pueda contener cualquier otra capilla de la iglesia que uno esté visitando. No puedo hablar de forma no visceral de ninguno de los dos y por eso quiero referirles cómo pasé del abatimiento al mayor disfrute en mi primera visita a Padua.

Como todo lego que quiera abandonar la ignorancia en el arte, y aconsejado por una persona de cuyo criterio me fiaría hasta para desconfiar de mi perro, compré la Historia del Arte de Gombrich. Alianza había renunciado a la explotación del libro y Debate acababa de lanzar una edición con las reproducciones en color. Al menos la mayor parte de ellas. Porque había una que pensé que se había quedado en blanco y negro por decisión de la editorial y era un magnífico contrapicado de Mantegna llamado "Santiago en el camino al martirio", dónde el apóstol da su bendición a un creyente mientras un soldado empuja con fuerza ayudado de una lanza como barrera a un grupo de cristianos.


El fresco estaba en la Iglesia de los Eremitani, en la capilla Ovetari, en Padua, dónde estaba también la Capilla Scrovegni, pintada de forma íntegra por Giotto. Pues me fui a Padua y después de cumplir con el resto del grupo y ver la basílica de San Antonio, se acabaron las bromas y nos fuimos para Eremitani. Busqué, busqué y busqué y después de tres vueltas  a la iglesia vi una especie de atril alargado dónde se explicaba que el 1944 la aviación aliada destruyo Eremitani parcialmente en un bombardeo debido a la proximidad del cuartel general alemán. El fresco se había perdido, por eso no había foto en color, porque cualquier imagen databa de antes de 1944.

Imagínense mi estado de ánimo después de haber mirado esa fotografía varias veces y saber que la reproducción que tenía en casa era la mejor que iba a ver nunca.

De dicho ánimo me fui a Scrovegni. Tras esperar 45 minutos, ya que los grupos de pocas personas entran cada 15 minutos, nos vimos un vídeo y entramos en la capilla en la que sólo pudimos estar otros 15 minutos. No saben lo que es tener todo eso delante e intentar meterse el atracón de no perder detalle. Es más, creo que si no hubiera sabido de los quince minutos de estancia, cierta tranquilidad hubiera hecho que la experiencia hubiera aprovechado más. Giotto, con sus perspectivas por elaborar, sus caras, no tan definidas como las de Rafael o Tiziano, pero cargadas de dramatismo, dolor o reflexión a través de unos ojos alargados hasta la desproporción para potenciar la expresividad y que miran más allá de esos 20 metros a los que su autor ha quedado inmortalizado. Si tengo que destacar algo, no será una imagen en color, sino la representación de la Fe, el fresco que representa a una escultura en el umbral de una puerta oscura mirando 20.000 veces más allá de la distancia dónde está el observador.



Esta imagen también parecía estar en blanco y negro, pero, gracias al cielo, fue fruto de una idea de Giotto.

2 comentarios:

Louella Parsons dijo...

Italia es una asignatura pendiente para mi porque aunque he estado un par de veces, nunca de la forma que yo quería y siempre a trompicones y corriendo.
Pero mientras llega ese momento, conformémonos con lo que tenemos aquí.

El otro día estaba con un par de amigos y no sé cómo, terminamos comentando cómo nos gustaba a los tres el cuadro El descendimiento de la cruz, de Van der Weyden.
Los tres dijimos al mismo tiempo cómo nos impresionó la idéntica postura de Jesús y su madre en el cuadro, los dos en diagonal, reclinados hacia la izquierda.
Además de esta composición tan lograda, el vestido azul de María y la sensación de relieve, la expresión de tristeza y dolor que muestran los rostros de los congregados alrededor de la cruz es conmovedora. Un cuadro lleno de humanidad.
Está en El Prado. Si tienen oportunidad, no dejen de verlo.

Tomo nota de la Historia del Arte de Gombrich

Nrq dijo...

Paradoja; nunca me entusiasmó Rafael y, sin embargo, la Madonna de la Silla me parece una obra como pocas hay en el mundo. A lo mejor por ser una virgen muy poco rafaelita