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viernes, 24 de septiembre de 2010

De la invención humana y sus miserias

Inventar algo. Hallar entre los abismos de lo desconocido una verdad nueva. Sentir en el alma el primer destello de una luz, de allí en adelante inextinguible, de una estrella más en el cielo que guía los vacilantes pasos de la humanidad.

Ver turbado el reposo de la tranquila conciencia por interiores voces misteriosas de incomprensibles amores, donde se juntan y confunden en una misma melodía varoniles acentos con el grito alegre del primer anuncio de la maternidad, tan pudoroso que, al llegar a los labios, en ellos se detiene, y temeroso retrocede a las inexploradas regiones del espíritu, de donde viene.

Someterse de buen grado al dolor inexcusable para convertir el verbo en carne y allanar a la tierna criatura el áspero camino de la vida. Acercarse a los misterios de lo infinito y llamar los demás hombres para que participen también de los goces innegables de la posesión de la verdad y de las sublimes armonías de lo bueno y de lo bello. ¡Qué satisfacción tan grande! ¡Qué supremo y purísimo deleite!

Este divino don, este placer inconmensurable, es patrimonio común de todos los inventores, cualquiera que sea el valor del hallazgo o de la invención. Lo mismo de los grandes maestros, figuras colosales de la historia, faros siempre encendidos que iluminan con sus resplandores a las generaciones venideras, que de aquellos cuya labor modesta no va más allá del descubrimiento de verdades secundarias, de relaciones entre cosas ya conocidas, de progresos minúsculos, de la perfección y del acabamiento de fábricas por otros levantadas.

Los primeros, por la eficacia soberana de su saber y de sus virtudes extraordinarias , conquistan fácilmente las voluntades y llegan a las esferas luminosas de la gloria perdurable. Los otros, simples soldados, centinelas avanzados de la civilización, mueren oscuramente y sin gloria, y alcanzan, cuando más, pasajero renombre, a costa de infinitas penalidades, de amarguras sin cuento y experimentando los mismos anhelos e idénticas fatigas que los grandes capitanes.

Los mismos anhelos e idénticas fatigas... qué sería de los grandes sin sus centinelas.

1 comentario:

Louella Parsons dijo...

Me he acordado al terminar de leer este precioso texto que nos trae hoy doña TASMANIA del programa Clásicos populares y su sección Si lo llego a saber compone su padre en la que se recordaba a músicos que habían compuesto decenas y decenas de sinfonías, óperas, cantatas…..y habían pasado sin pena ni gloria por el mundo. Y la verdad, quizás no fueran Bach o Mozart pero sus composiciones no eran nada desdeñables y quién sabe si en su día influyeron en otros músicos que llegaron más lejos que ellos.

Pienso que la aventura de buscar ideas ya es en sí emocionante pero la satisfacción de encontrarlas (por muy modestas que sean) es, efectivamente, un supremo deleite porque además, nos vamos dando cuenta de que nuestro cerebro tiene más capacidad de la que habíamos imaginado y eso nos debería animar a no acomodarnos y seguir buscando e investigando, desde la forma de salir de un atolladero sin tirar la toalla a la primera de cambio, a la forma de sacar adelante un proyecto o simplemente, a la búsqueda de un proyecto.
Nadie mejor que Einstein para explicarlo: ”La mente que se abre a una nueva idea jamás volverá a su tamaño original.”