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lunes, 9 de agosto de 2010

posiciones

El ministro José Blanco ha tomado el conflicto con los controladores aéreos como el frente que cualquier político de carácter progresista necesita para acercarse a los sectores que representan su público objetivo. En medio de la crisis financiera no se han podido tomar medidas contra los bancos como se han tomado en otros países en los que han caído firmas largamente respetadas durante años. Por tanto no se han podido lanzar mensajes potentes y sonoros de privilegios o abusos y eso que los bancos españoles han sido los bancos que más han titularizado todos esos productos nocivos que, en parte, nos han traído hasta aquí. Más bien al contrario, han sido felicitados porque en menos de un mes se ha anunciado tanto su solvencia como la potencial resistencia a situaciones críticas. Esto lo ha aprovechado el gobierno para comunicar la fortaleza del sistema financiero español, buscando así reclamar confianza y atraer inversión, tan necesaria para remontar. De hecho esa llamada es necesaria porque mientras Europa activa el crédito, España lo sigue teniendo estancado y, por tanto, la vía más inmediata de activar el consumo en estos momentos es la inversión extranjera.


Esos mensajes potentes y sonoros tampoco se han podido lanzar contra el otro pilar del crecimiento en los últimos años; el sector inmobiliario. No ha sido posible porque ha sido el responsable de un consumo que ha lanzado la economía española hasta cotas dónde se ha flirteado con el G20. O porque es el sector que ha cubierto puestos de trabajo, en bonanza, como ningún otro pero que, por tanto, más ha sentido el daño del paro en la crisis. Es muy difícil de articular un mensaje de responsabilidad por ser demasiado ambicioso a alguien que te ha mantenido en una posición ventajosa y que, posteriormente, ha sufrido más que ningún otro, por dos motivos: el primero porque el ladrillo ha sido tradicionalmente el sector al que se ha recurrido en España para dar impulso a cualquier crecimiento y al ser esto un ciclo se espera de él que vuelva a remontar. El segundo motivo es que hay mucha gente en el paro que viene de la construcción y culpar al sector puede entenderse como culparles a ellos y eso es feo.


Entonces aparecen los controladores aéreos (este año los pilotos han estado quietos) y ésta ha sido la tabla de salvación del gobierno para hacer entender a la población que siguen de su lado. Todos sabemos que cobran mucho, tienen condiciones privilegiadas en comparación con otros sectores, que es muy estresante porque cada puntito en la pantalla son, al menos, doscientas personas... pero fuera de estas particularidades del trabajo, lo que hay que tener claro es que ellos han llegado a tener todo eso porque anteriores negociaciones lograron que se admitieran las condiciones. Bueno, lo de stress no, pero ha sido un condicionante que siempre se ha puesto sobre la mesa para negociar. Es una condición inherente al puesto.


Entonces, si a todo esto se ha llegado pactando, ¿por qué ahora, precisamente ahora, se entabla esta batalla dialéctica de amenazas y esperas? Pues porque los controladores han sido inoportunos a la hora de decidir cuándo. En cualquier año sin crisis no hubiera pasado de ser un capítulo típico del verano, como ha sido lo de los pilotos. Pero este año le ha dado al gobierno la justificación perfecta para ponerles en la picota como un colectivo sobrePrivilegiado que, encima, pide más cuando el resto del país lo pasa mal. Ha dado al gobierno la oportunidad más grande desde el inicio de la crisis para salir en modo descamisado y atacar con el clásico "parásitos sociales" y resto de discurso que ya usó Otto Ludwig Piffl en "Uno, Dos, Tres", la comedia de Wilder. José Blanco se ha erigido en muro y ariete a un mismo tiempo. En aquel que combatirá el asalto y que recuperará la posición tomada. 
Y resulta que el riesgo ahora mismo de desgaste del gobierno por este tema es bajo; Si se ponen en huelga, ayuda a reforzar el mensaje del gobierno teniendo como contrafuerte el fastidio de los turistas y viajeros. Si ceden a la negociación, se emite el mensaje de que el gobierno ha sido fuerte y ha sabido defender los intereses de los ciudadanos. Por eso Blanco, en el disfraz de Georg Cantor, ha redefinido el infinito en términos paternalistas; "la paciencia es infinita, pero se está empezado a acabar". Por supuesto nada que se acaba es infinito y menos la paciencia, porque si lo es, entonces no es paciencia, es concesión. Pero la comunicación cumple los requisitos de lo que se necesita para mantener posiciones heroicas; es breve e impactante y hace a Blanco el ministro fuerte que el gobierno venía necesitando tras demostrar Salgado y De La Vega su adhesión sin fisuras al sistema financiero.


Lo que Blanco debe temer, y para lo que debe preparar mensaje y actuación, es para el escenario temido en el que haya huelga y se alargue más de lo normal. Si se alarga mucho no sólo daña a la industria turística española, sino a todos aquellos particulares y empresas que vean retrasados o cancelados sus vuelos de negocios o de vacaciones. A todos aquellos extranjeros que no puedan coger aviones en Italia, UK, Francia, Alemania... y que al tener que sobrevolar territorio español no puedan hacerlo porque no hay controladores suficientes para absorber ese tráfico. Esta situación le empezará a presionar, tanto a nivel económico, como político y es que desde la UE le pedirán que resuelva pronto y, además, se permeabilizará la sensación de que no es capaz de resolver un conflicto. Y no hay nada peor para un directivo, y quién duda que un ministro no lo sea, que ser inoperativo y no poder salvar escollos o dificultades a través de la negociación. Blanco se ha propuesto ganar esta batalla desde el mensaje de la justicia social y debe tener en cuenta que ese mensaje es efectivo en el corto plazo y a nivel electoral, pero insostenible al finalizar el verano, cuando entremos a plena actividad económica, se necesite agilidad y normalidad y, entonces, la existencia de una huelga sea un incoveniente muy molesto.

3 comentarios:

Louella Parsons dijo...

Lo peligroso de estos asuntos en los que la comunicación está jugando un papel esencial para tergiversar el mensaje reconduciéndolo hacia donde más convenga es que se vaya instalando en la sociedad un manto de amenaza, coacción o presión de forma que los ciudadanos terminen por desistir a la hora de reivindicar aquellos derechos que ellos crean que han sido vulnerados.

Los ejemplos más claros que hemos visto últimamente sobre presión ante una reivindicación han sido las querellas contra Garzón cuyos autores han sido acusados de fascistas, franquistas, totalitarios por miembros del gobierno, de grupos afines como actores, escritores, cantantes, de medios de comunicación….o el linchamiento que ha sufrido el PP por haber presentado recurso de inconstitucionalidad sobre el Estatut o sobre la nueva Ley que prohibe los toros en Cataluña. Lo más suave que le han dicho es que el PP divide a España. Estos mensajes cortos es lo que llega al ciudadano.

Recuerdo cuando el Foro Ermua presentó una querella contra Ibarretxe y Pachi López por haberse reunido con Batasuna. Las críticas, la presión social y mediática y los insultos que recibió el Foro Ermua resultarían intolerables en cualquier sociedad democrática.

¿Importa que se estén reivindicando o ejerciendo derechos individuales o colectivos? No.
Lo que importa es desactivarlos para no perjudicar al gobierno.

¿Que los controladores han sido inoportunos? Si.
¿Que esta época de crisis es nefasta y sobre todo para el Turismo? Si.
¿Que la cosa puede ir empeorando y alargándose perjudicando gravemente a todos los sectores? Si.

Pero vamos a llegar a un punto en este país que, como decía al principio, cualquier ciudadano, partido político….que quiera ejercer sus derechos, ya sea el de huelga, el de presentar un recurso o una denuncia ante un juez….,termine por no hacerlo si prevé que desde los poderes públicos o desde los medios de comunicación pueda ser sometido a una campaña de desprestigio para la que seguramente nadie esté preparado.

Jujope dijo...

Esto es "Metrópolis", de Fritz Lang. Pero sin la poética del amor interclasista.

Rige en Metrópolis el sistema conocido como "Dictadura del proletariado". Es decir, en el subsuelo sobrevive toda la chusma, la masa acrítica, informe, calculadamente inculta y desinformada. Pero que es la que saca las castañas del fuego, aunque su moral deje mucho que desear. A este mayoritario sustrato pertenece el tipo que seguro esta mañana ha dañado la puerta de mi coche, simplemente por envidia, porque no concebirá -lógicamente- que alguien con un coche como el mío no estuviera a esas horas reventándose a gambas en el puerto náutico de Isla Canela. Y también pertenecen los becarios y los camareros de pacotilla que sirven auténtica bazofia en los baretos a los que acuden desesperados en las sofocantes noches agosteñas los pobres pobretones que no pueden permitirse una turné tipo "Obama", para comer "como Dios manda".

Agosto es el mes por antonomasia, donde la criba permite distinguir mejor lo que hay bajo el suelo, sobre lo de arriba. En la superficie de Metrópolis, obviamente, "viven" todos aquellos que conforman la actualidad mediática de la sección "beautiful people".

Evidentemente, lo de los controladores no es más que un pulso biunívoco de esa "Dictadura del proletariado", tan bien establecida por unos cuantos demagogos, que pretenden y consiguen vivir de ella. A ver: la responsabilidad de esos "señoritos", a los que sólo se les pide bachillerato (más las pruebas específicas que ya sabemos), es muy grande, sí. Pero, como dice De Prada, también lo es la del funcionario encargado de depurar las aguas. Y también lo es la del chef de cocina de un hotel, no vaya a ser que sus ocupantes pillen salmonella. Y también es la de un profe de secundaria poniendo insuficiente o suficiente, en función de ciertos parámetros.

En aras de la palabra "responsabilidad" y de la prepotencia que acarrea, los humanos acostumbran a cometer muchos desmanes, para tapar su incontinente codicia. Pero los que lo hacen, son tan humanos como los que no y, al final, en la tumba o en la urna, no se quedarán con sus posesiones. Por otro lado, el precio de la leche y el pan en la calle ¡no lo hemos puesto nosotros, los de abajo! Es el que es.

El problema del "justiprecio" de las cosas y de la "capacidad adquisitiva" de cada quien es de otros orden. No se trata de jugar a poner el límite por arriba a determinados profesionales con derecho de pernada. Porque, entonces, ¿cuánto hay que pagarle a un juez, a un médico, a un notario, a un encofrador, al vigilante de un museo, a una cajera del Corte Inglés...? ¿Se merece cobrarlo bien un profe que se desgañita para que aprendan aquellos a los que se les va a exigir únicamente "bachillerato" para poder ser controladores?

Es que los huevos fritos con chorizo de máxima calidad en "Casa Alta" valen lo mismo para los del subsuelo que para los de la superficie. Exactamente igual que los votos.

Tasmania dijo...

Este asunto es la serpiente de verano del 2010.

Que se ande con cuidado Whity no sea que gire y le pegue un buen "bocao"

Es lo que pasa cuando pretendes ocupar todo el espacio disponible fuera de las páginas de verano de los periódicos. O te haces una serpiente o te la hacen.