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miércoles, 20 de julio de 2011

De la ignorancia

Siempre eres la misma persona.Tú no cambias de un ambiente a otro -le dije- Eres sincera y abierta. Podrías llevarte bien en cualquier parte con cualquier grupo o raza. Pero la mayoría de la gente no es así. La mayoría de la gente es consciente de la raza, el color, la religión, la nacionalidad...

Para mí, todas las personas son misteriosas cuando las observo detenidamente. Puedo percibir sus diferencias con mayor facilidad que su parentesco. En realidad, me gustan las distinciones que las separan tanto como lo que las une. Creo que es absurdo fingir que somos bastante parecidos. Sólo los grandes individuos se parecen.

La vida siempre está formando estructuras piramidales, en todos los dominios. Si estás en la base, recalcas la semejanza de las cosas; si estás en la cúspide, o cerca de ella, tomas conciencia de la diferencia entre las cosas...

Lo cierto es que no sé adónde quiero llegar... tal vez sólo busco una interrogación... ah, sí, ahora lo recuerdo. Todo empezó cuando esta mañana leí una frase de Karl Popper:

...Porque fue mi maestro quien me enseñó no solamente cuan poco sabía, sino también que cualquiera que fuese el tipo de sabiduría a la que yo pudiese aspirar jamás, no podría consistir en otra cosa que en percatarme más plenamente de la infinitud de mi ignorancia.

5 comentarios:

Juante dijo...

Ayer, en un telediario de "Telajinco-Cuatro", el Piqueras dio una interesante noticia que, por supuesto -como ahora solo importa lo de Bankia y el extra de verano de la Once- pasará desapercibida. Se trata de la ignorancia supina de los estudiantes universitarios apañoles. Que alcanza el paroxismo.

Para ilustrarlo preguntaron a un estudiante de dónde era Picasso. Dijo que de Sevilla. A una universitaria le preguntaron sobre la capital de Portugal. Dijo que no lo sabía, poniendo cara de haba. Y, en tercer lugar, cuestionaron a un tercero sobre dos nombres de ministros apañoles. "Rubalcaba y Rajoy" contestó el ilustrado estudiante, que no estaba en un concurso de chistes.

A la Aido le acaban de dar un "honoris causa". A la Aida, la Belén le ha cedido el cetro, al parecer. Y conozco a una profesora que no tiene ni pajolera idea de la materia que imparte (la académica, claro, que en la otra es catedrática) y la administración la mantiene como una reinona, importándole una mierda el nivel de sus víctimas-alumnos.

Urge volver al espíritu de la transición: solo los que lo ameriten deben pasar de curso y ser becados. Y dos tochos por examen, más carreras de cinco años, presenciales, obligando a los alumnos a "asistir" puntualmente a clase, sin móviles ni portátiles y calladitos/as. Los profesores deben volver a tener autoritas. Nada de sistemas asamblearios, autogestionarios y bolcheviques en los Institutos y Universidades. La enseñanza NO es social, sino un proceso con solo dos actores: profesor y alumno.

No puede ser que cualquiera, como Bibiana Aido, sirva para cualquier cosa, porque ella lo valga o porque medre en una secta. No puede ser que, a la ignorancia proverbial que humildemente reconoce el filósofo como intrínsecamente humana, se venga a sumar -por decreto- la ignorancia soez de la gentuza que se tiene por ventajista o acumuladora de títulos al estilo Roldán.

Hay que saber apreciar una puesta de sol en el cabo de San Vicente. Solo así se puede ser conscientes de que solo Bruckner, Mozart y unos poquitos más pudieron tener derecho a decir que solo sabían que no sabían nada.

José Antonio del Pozo dijo...

Muy cierto, el sólo sé que no sé nada. Popper, antitotalitario por excelencia, es un humilde epistemológico, frente a la habitual soberbia Indignada.
Yo, más que bases y cúspides, creo que es mirar de cerca o de lejos, para lo de las semejanzas y diferencias, ¿no?
Un gran saludo bloguero (y a junate)

Tasmania dijo...

Buena apreciación querido...
Gracias

Juante dijo...

Gracia, amigo José Antonio. Otro para ti.

Excelente observación, la de mirar de cerca y de lejos.

Artanis dijo...

Es difícil pelear por no sentirte adocenado y -consecuentemente- admirar a aquellos en los que aprecias cualidades sobresalientes, diferenciadoras, espíritu crítico, posiciones que la mayoría ni se atreve a contemplar.
No son líderes. Raramente, al menos. Aún, entre bambalinas, pueden influir. Pero la sociedad no los aceptaría como Jefes. Son los auténticos revolucionarios. Los que saben que la verdadera revolución es individual.