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jueves, 7 de julio de 2011

inmediatez

Les voy a pedir un favor; no hagan juicios de valor en función de ideologías, sino evalúen dinámicas y comportamientos.


¿Se acuerdan de cuando teníamos dos canales de TV y uno de ellos empezaba a las 5 de la tarde? Entonces si había una película en la primera cadena un sábado por la tarde, ésa era la película y, si no te gustaba, libro o siesta.
¿Se acuerdan de su primer video? Si tuvieron el Sony C-7, por ejemplo, tenían que levantarse a rebobinar, avanzar, seleccionar escenas, con lo que lo normal era poner una peli que te gustara y verla de medio a medio. Es más, las películas eran o de video club o grabadas de la tele con anuncios. En el primer caso o eran clásicos que cogían nuestros padres o recomendaciones y si la recomendación era mala… te la comías igual (sólo dos canales, recuerden). Lo mismo, exactamente, pasaba con la música.


Pero ahora todo esto ha cambiado ¿verdad? Uno se hace con una peli, ve un trozo y si no le gusta… papelera. Accedemos a series que acumulamos en un disco duro y si un capítulo es bueno, lo vemos 3 veces y si es malo, carril. Pennac reclamaba como derecho del lector no acabar un libro. Si le digo a mi padre que trabajo en una multinacional, para él lleva implícita la frase a "el niño ya se jubila aquí", pero en tiempos de bonanza puedo cambiar de trabajo una vez superado un periodo que curricularmente suene solvente; ¿2 años?.


¿Y a qué viene esta reflexión? Pues bien, cada cuatro años elegimos un partido. Insisto, nuestra democracia de palo, nos hace elegir un partido. Los nombres de las papeletas son identificaciones biunívocas con los carteles que cuelgan de las farolas. Si este partido tiene suficientes votos, obtiene representación y esa representación elige un Presidente del Gobierno, con lo que hacemos es elegir un legislativo que, a su vez, elige un ejecutivo que tiene potestad para elegir ciertos brazos del judicial (y los del 15-M centrados tan sólo en "un hombre - un voto". En fin)
Si este partido tiene mayoría en el Parlamento se le encarga buscar apoyos (si los necesitara) y formar gobierno. Si las fuerzas que se oponen a este partido son más en número de representantes, pues entonces se alían en virtud de la "voluntad del pueblo", eligen un presidente, éste elige ministros… bueno, conocen la historia.




Cada cuatro años, lo que implica que en medio de este periodo aguantamos un presidente, unos ministros… y ya estamos haciendo valoraciones de aprobación y popularidad desde el mes después de la toma de posesión, a ver qué tipo de burbuja idealista rodeaba al entonces candidato, frente a lo crudo y real de estar detrás de la mesa del dirigente. En palabras de Billy Idol, "Flesh for Fantasy" pero en orden contrario.
Un mes después ya están valorando popularidad y reacción del público y, al mes, si no gusta, ya estamos queriendo cambiar y así se pide desde medios de comunicación, agrupaciones y foros contrarios al gobernante.


¿Esto que es? ¿Un fruto del tiempo en el que vivimos en el que podemos cambiar de programa, disco, plan, película o incluso cónyuge tan pronto como podamos? ¿Aprovechar la inercia de la cultura de la inmediatez para reclamar un cambio de gobierno? ¿La fiebre de lo que hace diez años se definía bajo el "puntocom" (así, con letras) y ahora viene por "2.0" (salvo Antena3, siempre un paso, en este caso versión, por delante)?


Metternich o Bismarck, Teddy Roosevelt o Monroe, tardaban días en desplazarse por sus continentes y sus cartas no eran mucho más rápidas. Las noticias de su gobierno podían llegar con una semana de retraso y controlaban el mundo occidental. Ahora los medios más potentes no están al servicio de unos pocos, sino que son masivos, tanto como el consumo. ¿Consumiremos en breve gobernantes?


Si alguno se acuerda, a finales de los 80 se emitía una serie llamada Max Headroom en la que eran las TV las que gobernaban el país y el poder se lo daba el Share de audiencia. Cada medida podía suponer un cambio de poder.

3 comentarios:

Juante dijo...

Cuando solo existían dos canales de televisión emitieron "Berlín Alexanderplatz", de Fassbinder, el retrato más desgarrador sobre la amoralidad humana que se haya filmado.

La programación televisiva de entonces era vertical, no horizontal como ahora. Lo que implicaba ser altamente selectivos, para escuchar a Iceberg, Triana o Sex Pistols en el "Popgrama" o disfrutar de "El amor de las tres naranjas" de Prokofiev, mucho antes de que llegara la Miró.

En cuanto a los desinformativos, no se había feminizado todo con barbys tontitas al rebufo de las motos y los futboleros (que también existían entonces, los futboleros, digo). El control ideológico y la mendacidad a raudales -aunque existían embrionariamente entonces por mor de la naturaleza del propio "media", eran infinitamente menos obscenos que ahora en las tropecientas mil emisoras horizontales existentes. La radio televisada a lo cantizano era entonces un insulto a la inteligencia. Y las autonomías no existían, a Dios gracias.

Respecto a la tecnología, vamos, hombra, acabáramos. Escuchar los vinilos de entonces era algo impagable, no igualado hoy en día por lo digital en calidad. Como tampoco existen hoy artistas que igualen en calidad a los de entonces. Hoy nos descargamos muchas películas, pero no vemos ni una, porque ¡no tenemos ni tiempo ni ganas!, al estar siempre pendiente de la pantallita que airea nuestra privacidad con total impudicia e impunidad.

Y... en cuanto al rollo de estos políticos "corrutos", conchabados con la banca que les da alpiste y los corrompe, pues, donde yo curro hay una vasca de jefa, que ha nombrado a dedo a sus subjefas, bajo el paraguas de una normativa hecha en comandita por CCOO y los sociatas de la Junta andaluza. Nos tenemos que aguantar el tiempo que sea (también cuatro años), pero su ineficacia se llama complementos de 800 euros y 400 euros al mes, solo por mantener el palmito de la superestructura ideológica sociata, servida como nadie por sus dos órganos de control: Medios de Comunicación y Enseñanza.

Corolario: vamos de cabeza (estamos ya) a un mundo de cobayas sumisas y abducidas. Y si se quieren creer que mañana seremos más modernos que hoy, allá ustedes con sus falacias de Scruton.

Juante dijo...

Nota bene: tampoco existía la "mosca" televisiva. (Recuerdo en un curso de El Escorial que Ramón Colom Estmages se lamentaba de que hubiera un "después" de la jodida mosca, pero fue producto de un acuerdo de los publicitarios que, sin embargo, alimentando a los emisores, no admitieron emborronar sus icónicos y ladinos mensajes con semejantes anagramas ideológicos. Creo que ahora es Intereconomía la que se salta a la torera (nunca mejor dicho) la norma, quizás porque asume su función marginal, en gran parte propiciada por el lobby roures.)

Tasmania dijo...

Y dices N: ¿Consumiremos en breve gobernantes?

Por las piernas me comería yo a alguno...