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sábado, 4 de diciembre de 2010

La cueva

Como hoy es sábado, he decidido contarles una historia. Un historia cuando menos entrañable. Trata de una cueva. A mi me gusta pensar que es un secreto que poseemos en mi familia, ya saben, para hacerla más romántica y misteriosa.

Hace unos años, el anciano párroco de una aldea perdida y remota a la que solíamos (y solemos) ir de excursión le dio a mi padre una carta y le dijo: hazte cargo tú de esto.

La carta, que la había recibido el párroco, la remitía un tal Belarmino, un parroquiano que había emigrado de joven a Cuba y, desde entonces, no había vuelto por la aldea. Mi padre leyó la carta con gran interés y curiosidad y luego nos la enseñó a los demás. En la carta, Belarmino le cuenta al párroco, que frustradas sus esperanzas de volver a su aldea, no le quedaba otro remedio que revelarle, antes de morir, el secreto que se llevó a “las Américas” hacía 60 años. Les transcribo algunos párrafos para que vean a qué secreto se refiere:

Por la presente, vengo a decirle y digo que siendo un niño de 7 años, yo era muy aficionado al estudio de la naturaleza y, por lo tanto, todos los domingos me dedicaba solo a caminar por valles y montes, ríos y fuentes y cuevas y en estos recorridos que hacía me hube de encontrar en una cueva lo más maravilloso que se puede hallar sobre el globo terráqueo y ese hallazgo fue encontrarme dentro de la cueva a la Virgen María con el Niño Jesús en su brazo izquierdo y a San José a su lado, imágenes hechas por la propia naturaleza, tal como se ve en la semejanza de sus imágenes de la iglesia [..] Por estar esta cueva y sus imágenes dentro de los terrenos de su parroquia, es a usted al que le pertenece ir a la misma cueva a comprobar si los años transcurridos han deteriorado dichas imágenes [..] La cueva está en el monte….

Y aquí, Belarmino, explica con todo detalle cómo llegar a allí. Y luego sigue:

La entrada de la cueva es pequeña y semioscura y ahí no se ve nada que pueda incitar a proseguir y casi al fondo de esa entrada a mano izquierda hay una puerta por la cual hay que pasar para ver las imágenes y es necesario llevar una luz, ya sea farol o linterna pero debido a la bóveda, es mejor farol. Las imágenes quedan a la izquierda, las paredes son perpendiculares y el cielo raso es más liso que si hubiese sido hecho por expertos canteros y albañiles, no hay piedras sobresalientes. Al fondo del cuadro hay otra puerta la cual también es tan perfecta como si fuese hecha por canteros, después de esa puerta hay otro espacio de igual forma, sus paredes lisas y suelo raso. Pasando esta tercera puerta, cambia por completo el panorama, la cueva sigue hasta encontrar dos ramales por los cuales yo no caminé por ninguno de los dos, el paso por los mismos es dificultoso.[..]

Le he descrito el panorama tal como es a fin de que usted no tenga y no pudiera usted pensar que esto ha sido un sueño o una alucinación o una presentación espiritual. Cuando yo iba a explorar montes y cuevas siempre llevaba un farol escondido dentro de un pequeño saquito que yo mismo me lo había hecho. Después de este hallazgo de las imágenes, los domingos en vez de ir a misa, iba a rezar a la cueva y tengo la impresión de que Nuestro Señor Jesucristo me auxilió en varias ocasiones que, de no ser por su ayuda, me hubiesen devorado manadas de lobos.[..]

Y se despide:

Le agradecería mucho que usted vaya a ver la cueva y después de asesorarse lance al mundo esa aparición tan majestuosa.

Excuso decirles que allí nos fuimos a buscar aquella cueva y ¡no la encontramos! Había algunos pasos entre prados que no coincidían con la descripción del camino y nos desanimamos mucho pensando que quizás en 60 años habría habido algún corrimiento de tierras o que a Belarmino le falló algo la memoria y entonces, abandonamos. Ayer, mientras cenábamos, mi hermano recordó la historia y fui corriendo a buscar la carta. La volvimos a leer y todos nos preguntamos cómo había sido posible que no hubiéramos intentado la búsqueda de nuevo (teniendo en cuenta, además la afición a la espeleología que hay en mi familia) así que, hemos decidido volver a buscar la cueva. Ya les contaré.

3 comentarios:

Monsieur de Sans-Foy dijo...

Querida Miss Parsons:
Decía Bryce Echenique que, a diferencia de la novela, el relato, el cuento, hay que ganarlo por K.O.
Y el suyo lo hace: es narrativamente perfecto, precisamente por concluír dejando abierto el misterio.
No hay en el mundo maravilla a la vista de los hombres que pueda superar las de nuestra imaginación, la de nuestra ánsia de milagros.

Un cariñoso saludo y gracias por su regalo.

Juante dijo...

Ayer revisioné "Yo te saludo, María", de Jean-Luc Godard. Ni que decir tiene que la película es como este estupendo relato. Es una cueva cinematográfica, con todos sus recovecos. Con especial hincapié en la figura del padre, ahora que se acerca otra conmemoración (esta vez cristiana) de la Madre.

Buen puente a todos.

Louella Parsons dijo...

Querido Sans-Foy,

después de leer su post, estoy por no ir a la cueva y seguir viviendo de esos sueños y milagros que espero encontrar ahí (aunque debo reconocer que me puede la curiosidad...)
Me alegro de que le haya gustado mi relato y que le haya sabido transmitir mi emoción.

Cómo son de buenos esos libros y pelis, don Juante, que siempre que los vuelves a leer o ver, descubres nuevos recovecos y detalles que no habías advertido a la primera. Es un verdadero disfrute.
Tomo nota de su peli.