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domingo, 27 de junio de 2010

rencor



¿Se acuerdan de cuándo éramos pequeños, edad que ahora mismo abarca en mi conciencia desde los 5 a los 20 años, y nuestro padres nos hablaban de aprovechar el tiempo? Uno tenía la sensación de que el tiempo era una circunstancia más y que teníamos todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiéramos. Que realmente no era algo que debiéramos aprovechar, sino algo que no iba a faltar nunca. Las semanas eran interminables, superar un lunes era una tarea infinita y el jueves era el mejor día de la semana porque el viernes ya estaba ahí; era la víspera. Ahora el jueves no es mal día pero indefectiblemente no ha dado tiempo a completarlo todo y eso genera cierta ansiedad.
Pero cuando eres pequeño el tiempo no vuela, sino que pasa. Al crecer te das cuenta de que es inexorable; que las cosas buenas pasan igual que las cosas malas y vuelven a llegar nuevas cosas buenas y malas. Y lo que es un dolor hoy, es un recuerdo en dos semanas. Dos semanas en las que han ocurrido infinidad de cosas que te dejan ese mal recuerdo perdido en un espacio atemporal del que ya no sabes decir si han pasado 15, 30 ó 60 días. E, insisto, lo mismo pasa para las cosas buenas.


Soy una persona incapaz de almacenar rencor, aunque sí precaución. No, no es lo mismo aunque quieran creer que sí. Me falla la memoria del detalle. No es que si tuviera esa "feature" estaría cómodo siendo rencoroso, pero no teniéndola no puedo acordarme ni argumentar en conversaciones con el tipo "Tú dijiste bah, bah, bla" o "Me pareció increíble que cuando te dije no-sé-qué tú reaccionaras haciendo no-sé-cuánto". No soy capaz de guardar ese proceso, ni quiero. Sólo tengo por vigía cierta precaución sobre la gente y los acontecimientos, de tal forma que almaceno la sensación de una conclusión satisfactoria o no satisfactoria y eso provoca que con la gente que he tenido la no satisfactoria me cueste arrancar de nuevo o no quiera hacerlo en absoluto. Por supuesto no soy un santo con lo que habrá gente que tenga la misma sensación conmigo y lo considero totalmente lícito. Procuro ver en qué he fallado y les juro que lo que más me duele es la falta de atención. No haber prestado el interés suficiente sobre algo.


Como no se puede prescindir de las malas experiencias y, por tanto, de las malas sensaciones, esta incapacidad mía de recordar los detalles la considero una bendición. Nunca he sido capaz de comprender a la gente que vive anclada a una cuenta pendiente. Los he conocido incluso que viven para esa cuenta pendiente. Pero es que el tiempo pasa muy rápido y lo que es un plan hoy, o se pone en marcha o pasa a convertirse en una frustración mañana y ése, creo, es el rencor que realmente nos debería preocupar. Rencor hacia nosotros mismos por no haber arrancado antes. Por no haber aprovechado la genialidad de cuando tuvimos la idea. Enfrentarnos a esas ideas y ponerlas en marcha hasta dónde lleguen o tengan sentido es lo que nos da recorrido en la vida. Considerando que se fracasa tanto como se acierta (pese a que Bielsa diga que el estado natural es el fracaso) ambas experiencias repetidas sucesivamente ayudan a dimensionar la realidad. De hecho el súmmum de esta experiencia es, como dice mi amiga P, descubrir la "bandeja de maceración" o ser capaz de identificar qué problemas los puedes dejar a un lado del escritorio a sabiendas de que van a evolucionar por sí mismos sin necesidad de actuar durante un tiempo sobre ellos, porque nacen muertos o ya maduros.

3 comentarios:

Patricia dijo...

¿Y yo que creo que los detalles son lo esencial?

Son lo que marca la diferencia, lo que hace imborrable la experiencia y construye el recuerdo, lo verdaderamente valioso e irrenunciable.

Tienen la fuerza de transportarnos en el tiempo. Un olor, unas palabras que no se olvidan, una luz determinada,... Imágenes que se graban en nuestra retina como si fueran fotos, y que perduran en nuestro interior, algunas veces sin siquiera ser conscientes de ello, como me pasó a mí la otra tarde cuando alguien me recordó "Las ciudades invisibles", de Italo Calvino. Y me encontré de repente en mi salón, 3 años antes, leyendo un correo recién recibido en mitad de la luz de la mañana. Palabras que no sabía que conservaba acudieron a mí con la misma claridad que la primera vez que fueron leídas, y el sentimiento que despertaron entonces fue revivido con la misma intensidad y emoción.

No hablo de anclarse en los recuerdos, sean éstos buenos o malos. Hablo de conservar los primeros, pues contribuyen a alimentar el espíritu cuando nos falta el sol, y superar los segundos, lo que no significa precintar la caja y bajarla al trastero, sino analizar a fondo, capturar la enseñanza, reordenar la caja adecuadamente y -entonces sí- cerrarla para poder seguir avanzando. Y si es posible, incluso, deshacerse de ella, que de lo que se trata es de soltar lastre para poder emprender nuevos caminos.

Patricia dijo...

He aprendido que el verdadero motor es la ilusión. Las ganas de aprender y emprender. Y nunca es tarde para eso. Leía hoy un reportaje sobre el Plan Nacional de Aprendizaje a lo Largo de la Vida, un proyecto del Ministerio de Educación en línea con las directrices de la Comisión Europea. Con independencia de su valoración política, la iniciativa alimentaba un debate en el periódico, en el que los participantes comentaban cómo aquellas personas que por razones económicas, familiares o de otra índole no pudieron estudiar en su momento aquello que deseaban se 'reenganchan' al mundo académico con más fuerza si cabe que nuestros jóvenes universitarios. Porque se lo deben. Es una deuda consigo mismos, de la que probablemente no sacarán nada más (y nada menos) que la satisfacción personal y el orgullo de haberlo conseguido, en la mayor parte de los casos, tantos años después de haberlo soñado.

No les mueve ya la utilidad intrínseca de esos estudios, las posibles salidas profesionales que tengan o cómo van a ser valorados por el entorno laboral que les toque vivir. Les mueve el ansia de saber, el deseo de aprender. Y eso es lo más valioso.

Lo que particularmente en mi caso significa que nunca es tarde para estudiar Filología Inglesa o para aprender a coger una raqueta. Que llevo 25 años mirándola...

Tasmania dijo...

"El rencor es su verdugo" dice una de esas sabias frases anónimas.

Yo creo que la gente que siente rencor sufre mucho y se engancha a ese sentimiento envenenado. Le da sentido a su vida.

El reconr es una emoción que debe gastar muchísima la energía. Ahí queda, como muebles desvencijados e inútiles, ocupando un espacio valioso que necesitaríamos recuperar.

Reconozco que no tengo mérito alguno. No siento ni he sentido rencor nunca.

Patricia dice que el motor es la ilusión... yo diría que mi motor es el entusiasmo.