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domingo, 20 de junio de 2010

Valor añadido

Para celebrar la llegada del verano, cada año se celebra en el incomparable marco del Palacio de Schönbrunn, durante la primera quincena de Junio, un Concierto de la Filarmónica de Viena, completamente gratuito. Más de cien mil personas se han dado cita este año, para disfrutar de un curioso programa en el que, por primera vez, han sido incluidas piezas de John Williams relacionadas con "La guerra de las galaxias". El director, que se ajusta como un guante a los requerimientos de tan exquisita formación musical, ha sido Franz Welser-Möst, el mismo que dirigirá la Orquesta el próximo 1 de Enero, en el tradicional Concierto de Año Nuevo.

Gracias a la retransmisión televisiva comentada por ese gran melómano que es José Luis Pérez de Arteaga, hemos podido apreciar -una vez más- cómo un espectáculo gigantesco al aire libre, obligatoriamente necesitado de amplificación electroacústica y de una gran pantalla mural, más los correspondientes reflectores y canceladores de sonido reverberante, se ha infiltrado en el alma y el corazón de todos los que pensamos que no hay nada más sublime, creado por el ser humano, que la Música.

Pero lo sensacional de la acostumbrada y mágica cita de Schönbrunn -mención aparte de la gratuidad auspiciada por una gran marca de relojes suizos- es la felicidad colmada que nos da la oportunidad de asistir a la reinterpretación de piezas intemporales de lo más rutilante -y no tan frecuente- del repertorio. Y todo ello, sin que se note para nada el "plus" de parafernalia acústica que arropa a los fantásticos músicos vieneses, porque en este caso -como en el de cualquier cosa loable y noble de este mundo- el "valor añadido" está determinado por la calidad garantizada de la segunda mejor Orquesta del Mundo (la primera es la de Berlín), su director y los intérpretes invitados.

Si el año pasado se pudo escuchar en ese impresionante lugar las "Noches en los jardines de España", de Manuel de Falla, con Daniel Barenboim como director y solista, en la edición de este año ha sido el ruso Yefim Bronfman quien ha tocado un Concierto para piano nº 2 de Franz Liszt, tan inexplorado como soberbio.

Esa experiencia sensorial y metafísica de la música -aunque sea retransmitida- me conduce a estimar cada vez más lo que tengo claro que es más difícil de conseguir, por llevar añadido verdadero "valor", más allá de superficiales modas cibernéticas y de necesidades creadas en forma de cachivaches, con los que literalmente nos vuelven locos, para que el consumo y la acumulación de cacharros inútiles no decaiga. Me estoy refiriendo al empeño por extraer el mejor sonido -escuchar la Octava de Bruckner por Celibidache no se puede hacer de otra manera- de un equipo de música. Por increíble que parezca, estamos ante un desafío aún más complicado que encontrar la pareja ideal: conseguir el acoplamiento perfecto entre altavoces, fuente de sonido y electrónica de amplificación.

Aunque los chinos no paren de crecer por lo mismo, fueron los japoneses los que establecieron dos pautas para "desear un producto": versatilidad y calidad. Pero sólo la segunda satisface al "connoiseur", al que aspira a disfrutar con lo que tiene. Lo que para mí es el único "valor añadido" que merece la pena sopesar a la hora de priorizar cualquier instrumento útil a mi continua ansia de proyección y aprehensión.

Por eso mismo, la gente que aprende a apreciar, en coherencia consigo mismo, regresa al vinilo desde el "limitado" CD. Es por eso que un buen tubo trinitron de los genuinos japoneses tira por tierra a cualquier monitor plano de nuestros días, sea LCD o LED. Por eso que -entre millones de portátiles- sólo el Qosmio G30 de Toshiba se oye como un auténtico equipo de alta fidelidad y se ve mejor que ninguno. En fotografía -donde el salto a lo digital ha sido más dramático- sólo satisface plenamente -y da calidad- un modelo de cámara por segmento, entre miles y miles de opciones. Porque lo que importa al final es eso: la foto y nada más. Y así, hasta la saciedad, en cualquiera de los objetos de nuestro ocio, cada vez más expandido. Lo que hace que un producto merezca la pena, en detrimento de la mayoría, que sólo sirve para marear la perdiz, es su "valor añadido", no el del iva -porque en lo económico nunca se halla la felicidad- sino en esas características asociadas al producto que lo hacen único, irrepetible, como los Conciertos vieneses. Como cualquier cosa por la que vale la pena "experimentar" y gozar en esta vida. Incluso causas, personas o proyectos. Si no contienen ese "valor añadido" que no se cifra en números de catálogo, sino en algo rotundamente "holístico", mejor heremos en pasar de largo.

5 comentarios:

Tasmania dijo...

El regreso a la esencia humana. Al arte con mayúsculas.

Nrq dijo...

discrepo. Y no discrepo desde el punto de vista de si esta o aquella es mejor tecnología. Discrepo tomando como guía a Gould. Gould era un gran pianista, nadie duda de ello, pero era un amante profundo de la tecnología, de las grabaciones, de las tomas y... de las trampas.
A nadie que le guste el piano se le escapa la figura de Gould y cómo dejó de dar conciertos en directo para centrarse en las grabaciones, no sólo de piano, sino también de programas de radio. Incluso llamaba a amigos por la noche para que evaluaran distintas formas de tocar una pieza. Sus grabaciones eran tomas pegadas a otras. O tomas superpuestas y eso no le hace peor intérprete, al contrario, le hace mejor músico.

Él creía en la tecnología y en todo lo que ella le pudiera dar (por no hablar de los fármacos). De aquí podemos pasar a hablar de nuestro increíble Jobs y su increbrantable fe en la tecnología en el diseño. Yo no me mataría por tener una TV nueva de pantalla plana, pero un nuevo MacBook y si es posible un Pro... vamos!

Tasmania dijo...

Nada como un stradivarius. Nada como un Steinway alemán. Nada como un Thomann Kontrabass.

Pero es un privilegio Juante. Un auténtico privilegio y como tal nada hay comparable.

Mi hermana mayor tenía un cuarto oscuro en su baño y hacía virguerías al revelar. Yo soy una torpe -de chino no sé nada- pero gracias a las cámaras digitales soy capaz de hacer alguna foto decente.

Mi equipo de música es antiguo. De esos que suenan de cine y me niego a cambiarlo por un pack.

La tecnología nos ha cambiado la vida, cierto, pero el asunto está en vivir y disfrutar el privilegio... cuando está en tu mano hacerlo, claro.

Juante dijo...

Estoy totalmente de acuerdo contigo, Tasmania. Se trata de un privilegio disfrutar de lo bueno de verdad.

Encuentro que hay que buscar mucho. Me considero "audiófilo", pero sin los recursos necesarios para acoplar unas Martin Logan a un Musical Fidelity, con -pongamos como ejemplo de CD que se deja oír- un Naim de alta gama. Sin embargo, buscando, buscando, con un receptor denon, auriculares sennheiser 650 (ya descatalogados) y unos bafles B&W, he conseguido lo que quería. Cada cosa está en su sitio. El Stradivarius empieza a parecerse a un Stradivarius. Obviamente, algo así te retira del mundanal ruido, porque te atrapa esa sinergia que no se da en el resto de combinaciones.

Vivimos en un mundo donde siempre estamos tentados de dejarnos seducir por el escaparate. Pero, sin embargo, un aparato -o una persona, sin entrar en odiosas comparaciones- se aprecia en todas sus dimensiones, no mirando las especificaciones, sino trasteando bien.

En cuanto a lo que comentas, amigo NRQ, se trata de un asunto espinoso. A mucha gente le llamó la atención la grabación, cuando comenzaba a perfeccionarse y valorarse como sustitución del directo. Creo que hay que observar un sincretismo de ambas cosas: el directo y el grabado, con la mejor tecnología.

Me considero tecnófilo, sí. Pero creo que hoy más que nunca hay que emplear mucho más tiempo y energía sólo en tener "buena información", para no meter la pata al elegir. Curiosamente, para eso, tengo más que claro que no vale Internet. En todo caso, para contrastar, pero no para informarse. Al final, la calle y tocar las cosas es lo único aceptable.

Louella Parsons dijo...

Estoy de acuerdo en querer disfrutar de un mejor sonido pero no me gustaría despreciar el “valor añadido” que nuestros propios acontecimientos personales incorporaron a una grabación determinada la primera vez que la oímos y ya nos gusta así, con todos sus defectos.